No hay duda de que educar en crisis involucra realizar cambios pedagógicos, instrumentales y de pensamiento para afrontar las adversidades y promover la creatividad en el espacio universitario para afrontar la nueva realidad educativa: la semipresencialidad para un mundo poscovid

Por Kevin Eduardo Salazar

La actual crisis sanitaria del coronavirus hizo que las Instituciones de Educación Superior (IES) se planteasen migrar hacia entornos digitales para dar cobertura a estudiantes de pregrado y posgrado, mientras se mantenía el cierre de aulas presenciales por decreto ejecutivo. Durante este esfuerzo tiránico, la brecha digital afloró en sus tres componentes dentro del sistema universitario salvadoreño: uno, brecha de acceso, que se refiere a la falta de acceso a instrumentos tecnológicos (hardware y software) y a una conexión de Internet estable por la débil infraestructura en el país; dos, la brecha de uso, que alude a compartir los pocos recursos entre todos los miembros de casa; y tres, la brecha competencial, que es complementaria de las dos anteriores que he mencionado y se refiere a la carencia de competencias digitales en los miembros de la comunidad educativa, lo que impide sacar los beneficios de la tecnología, huir de sus riesgos y de sus malas prácticas.

Lo anterior permite afirmar que la pandemia nos ha mostrado que somos más frágiles de lo que pensábamos. Y, a su vez, nos ha hecho ver que deben realizarse cambios pedagógicos, instrumentales y de pensamiento para afrontar las adversidades latentes de esta crisis sanitaria. Necesitamos de la ciencia y de la solidaridad para impulsar el eje de investigación, cuyos hechos permitirán afrontar una nueva normativa que asuma la transformación digital en el sector educativo, pues, la tecnología ha transformado el mercado laboral y surgen ofertas de formación online que la covid-19 ha acelerado, así cómo la implementación de un nuevo modelo de administración escolar: la semipresencialidad, a la que hay que dedicarle diálogo y planificación para promover la creatividad en el espacio universitario.

El pasado 10 de marzo de 2021, el Ministerio de Educación, Ciencia y Tecnología (MINEDUCYT), junto al Ministerio de Salud (MINSAL), ha decretado el regreso a clases para el 6 de abril de 2021. Un retorno al aula presencial con más preguntas que directrices claves. Por tanto, las Academias deben redefinir, en el mesocurrículo, su enfoque educativo que responda al distanciamiento social y a lo ganado en la virtualización de la educación, un terreno lleno aún de dudas por la falta de preparación de los docentes en entornos virtuales. Óscar Picardo, investigador y referente educacional, afirmó en su texto publicado en elsalvador.com: «Educación y computadoras», que el recurso tecnológico es un un medio, y que el factor determinante es el docente, que elige las estrategias, los instrumentos, las técnicas y las formas de retroalimentar dentro de una clase. Entonces, ¿qué se ha aprendido, desde el microcurrículo para poder hacer los cambios en el mesocurrículo y en el macrocurrículo del país?

Afrontar el desafío de la semipresenciaidad y de los giros que provocó la transformación digital en Educación en el ámbito universitario requiere una respuesta coordinada. Es preciso que el gobierno, los diputados y todos los actores involucrados en la formación salvadoreña impulsemos cambios  normativos que favorezcan la solidez económica y la flexibilidad de las universidades; y, a la vez, las universidades debemos establecer prioridades estratégicas que nos permitan ser excelentes, para contribuir en el desarrollo humano, económico e institucional de El Salvador.

Esto hay tenerlo en cuenta para integrarlo, con astucia, a las nuevas demandas sociales. Para ello, expreso los principios que debemos retomar para trazar esa hoja de ruta que permita la reinvención de las Universidades en tiempos de crisis:

  1. Abrir espacios de diálogos para avanzar con acuerdos. Un amplio pacto político educativo, que permite propiciar un sistema educativo que logre responder a un aprendizaje basado en retos, retomando lo mejor de la presencialidad y la virtualidad, también de establecer mecanismos que permitan una relación conjunta entre la administración escolar y la labor de la andragogía para educar para un mundo poscaovid.
  2. Superar la resistencia a los cambios. Hay que modernizar a las Instituciones de Educación Superior (IES). Hay que  vencer esas resistencias internas, que casi siempre proceden más de intereses personales que de cuestiones ideológicas, y que se pueden superar al llegar a un consenso que reivindique la labor de la academia frente a la sociedad.
  3. Hay que inspirarse en las mejores. Las mejores universidades han logrado afrontar el reto de la continuidad educativa a distancia y virtual. Entonces, Es preciso hacer casos de estudios sobre estas y que nos permitan responder las siguientes interrogantes: ¿qué hace bien?, ¿bajo qué marco normativo florecen las mejores universidades? ¿qué tipo de recursos disponen? y ¿cómo gestionan recursos a corto, mediano y largo plazo?
  4. Apostar por la investigación. La innovación y la ciencia permite que la comunidad educativa vea la luz al final de este túnel provocada por la crisis de la covid-19. Hay que invertir en tecnología para propiciar soluciones creativas a los desafíos de país, que revaliden la incorporación de los procesos sociofirmativos para tener un diseño y desarrollo curricular que logre proporcionar una educación experiencial que mide su entereza, profesionalismo y capacidad de adaptar las estrategias pedagógicas a las nuevas realidades.

En este presente cargado de incertidumbre, las Universidades debe ejercer un liderazgo natural y prometedor, que la convierta en factor de cohesión para redefinir el futuro de la educación salvadoreña. Es preciso que se ubique en el epicentro su reconstrucción, que le permita actuar como laboratorio de la innovación científica para obtener aportes solidarios con el futuro de la sociedad salvadoreña.