Tratamiento del tiempo en el primer capítulo de El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez

Una panorámica literaria, mágica y política de una de las obras más complejas del autor colombiano, que marcó la forma de rehacer la novela de dictador en Latinoamérica, y rindió palmas y albricias a nivel transatlántico.

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Foto socializada cesarcelisr.blogspot

Por Mario Quiñónez

La narrativa universal navega siempre entre los grandes tópicos que aquejan a la humanidad, a sus decisiones y actitudes; a lo que no se ve a simple vista. Para Gabriel García Márquez estos no son la excepción en su obra, y es aquí donde impregna uno de sus escritos literarios más desafiantes del siglo XX: El otoño del patriarca (1975), compuesto por una (no) linealidad temporal persistente o cliché en su estructura argumentativa que evidencia «[…] la correlación de diversos puntos de vista narrativos, pero sin continuidad cronológica» (Martínez, 2016, p. 15).

Ahora, para entrar en contexto sucesivo con el antecedente de Márquez —y antes de emprender su travesía «patriarcal»—, el autor colombiano ya había navegado en las aguas del realismo mágico y creado su escenario cúspide-mundial, Macondo, en La hojarasca; sacudido conciencias con su relato sobre el sustento vitalicio y las desventuras de un férreo y anciano militar en El coronel no tiene quien le escriba; o el título que lo alzó como maestro de la literatura en Hispanoamérica: Cien años de soledad y su cosmovisión de la raíz familiar, el comercio y las supersticiones, «donde nadie era mayor de treinta años y donde nadie había muerto» (García Márquez, 2007, p. 18).

Lo cierto es que El otoño del patriarca se posiciona con una revolución escrita al más puro estilo de dictadores señalados, pero con uno en especial que influyó en la vida del autor y dio pautas específicas del ambiente que la obra carga: «Es la admiración que el creador del patriarca ha sentido, siente desmesuradamente, por los caudillos latinoamericanos brotados de las montoneras.

[…] pero sobre todo el innominado dictador caribeño que como Fidel Castro permanece en el poder» (Leante, 1996, pp. 16-17); sin embargo, la concepción literaria viene de los recuerdos de antaño, remontados a la infancia de Gabo, exactamente en compañía de su abuelo, Nicolás Márquez, quien le depositó en su mente las historias más asombrosas, cargadas de realidad y civismo. No fue hasta finales de los años cincuenta (exactamente en 1959), instalado en Cuba, que el estímulo impulsor se activó y el germen decidió salir para darle a Gabo la potestad literaria de iniciar con lo que sería su novela de dictador. Idas y venidas se atravesaron en su trabajo literario, pero no fue impedimento para retomar el proyecto, en Barcelona, allá por el año 1968 (casi diez años del arranque oficial de su obra).

Por tanto, y como se ahondó al inicio, la figura del dictador latinoamericano permea la inspiración, y uno de los poemas más emblemáticos del poeta salvadoreño, Oswaldo E. Velado, nos sitúa en el contexto del arquetipo principal de El otoño del patriarca, especialmente del denominado ‘mi general’: «[…] Amo los exilios por la alta luz dorada que recogí con ellos, […] ¡Con este amor tan grande yo creo que es difícil que me puedan matar…!» (Escobar Velado, 2008, p. 153). Esta es una clara referencia de la humanidad detrás del que manda, oprime o vulnerabiliza a su pueblo; una visión más interna en forma de etopeya como  «una descripción del carácter, índole y costumbre de una persona» (RAE, 2022).

Gabriel García Márquez en la plaza Catalunya, Barcelona, febrero de 1970 (dos años después de haber retomado El otoño del patriarca). Foto tomada de La Vanguardia (EFE).

El análisis Tratamiento del tiempo en el primer capítulo de El otoño del patriarca, de Gabriel García Márquez, nos sitúa en momentos claves de su procedimiento argumentativo, como técnicas narrativas experimentales (desorden informativo) que se encuentra presente en todo el capítulo uno de la novela, como una especie de señal del «carácter interminable de la dictadura hispanoamericana» (Kohan, 2005, p. 80); esto da un paso del tiempo confuso y con ambigüedades o elementos dotados de una parte descriptiva y novedosa, como se muestra en la siguiente ejemplificación del parlamento seleccionado: […] y vivió de nuevo el histórico viernes de octubre en que salió de su cuarto al amanecer y se encontró con que todo el mundo en la casa presidencial tenía puesto un bonete colorado, que las concubinas nuevas barrían los salones y cambiaban el agua de las jaulas con bonetes colorados, que los ordeñadores en los establos, los centinelas en sus puestos, los paralíticos en las escaleras y los leprosos en los rosales […] de modo que se dio a averiguar qué había ocurrido en el mundo mientras él dormía para que la gente de su casa y los habitantes de la ciudad anduvieran luciendo bonetes colorados […] (Márquez, 1975, p. 44). Su implementación nos empieza a sumergir en ese mundo dictatorial compuesto por una sociedad misteriosa de hipócritas asiduos y de animales tomándose el poder (gallinazos y vacas con actitudes de revueltas al inicio del capítulo).

Las voces narrativas cumplen un rol de supremacía en la obra Gabomárquez (como he querido titular a su insignia literaria); uno de esos momentos claves del capítulo estudiado es el que se decora de diálogo omnisciente con acotaciones precisas, que son respondidas sin ningún miramiento de puntuación (a no ser por comas o por pausas medias). El siguiente ejemplo nos visualiza al narrador, la respuesta de ‘mi general’ y una suprimida reacción dialógica del ‘compadre’ (Rodrigo de Aguilar): «[…] y salió del salón diciendo que pase buenas noches mi general, buenas, compadre, contestó él, muchas gracias, acostado boca abajo en el mármol funerario del salón del consejo de ministros […]» (Márquez, 1975, p. 36).

El cambio de narrador o de voz narrativa se ejerce en la novela como una clara técnica innovadora que se intensifica con el uso de la puntuación adrede. Otro elemento que plasma la incógnita lectora es la imprecisión de tiempos: Siguiendo a Ricoeur y aplicando el análisis al caso de El otoño del patriarca, semejante descripción tendría fundamento si se considera que “lo narrado” hace parte del tiempo-vivido del mundo-de-vida abierto por la novela, esto es, si lo narrado no es, a su tiempo, una narración, como por el contrario ocurre de hecho (Quesada, 2012, p. 247).

¿Estamos ante un protagonista histórico-atemporal (una especie de viajero en el tiempo que conoce los engranajes de la historia y los revive continuamente)? O, como lo dice y dicta el siguiente párrafo perteneciente a la obra «[…] sabíamos que eran copias de retratos que ya se consideraban infieles en los tiempos del cometa, cuando nuestros propios padres sabían quién era él porque se lo habían oído contar a los suyos.» (p. 8). Todo coincide con que las conclusiones efímeras y subjetivas de la literatura universal nos llevan a creer que nuestro patriarca dictatorial no era más que un arquetipo del superhombre o el héroe (casi antihéroe y más Edipo que Fidel). Una grata sorpresa, y contrariedad sumisa a nivel de lirismo en prosa, se pueden llevar los lectores no acostumbrados a una comprensión lectora desafiante, enmarañada y casi controversa por su enorme simbología política, social y mágica; lo que lleva a enfrentarnos a una verdadera dualidad entre el «ser» y «parecer» de un hombre del ayer, del hoy y del mañana: «el»superhombre» salvador del pueblo, no es una cosa extraña ni nueva en el mundo y menos en Hispanoamérica —»el más irracional de los mundos posibles» como lo ha definido Alejo Carpentier—.» (Rojas y García, 1985, p.80).

¿Te animas a leer o releer este clásico que por mucho tiempo ha estado a la sombra de la estantería dictatorial; y ha abierto brechas a una nueva forma de transmitir emociones con tan solo una pizca de realismo mágico, secuencias narrativas  sorprendentes y puntuación al ritmo del libre albedrío? ¡Tómate el tiempo y hazlo!


Referencias bibliográficas:

Martínez, M. (2016). Tiempo y espacio, voces y perspectivas, en El otoño del patriarca. Signos Literarios, 12, 8-29.

García Márquez, G. (2007). Cien años de soledad. Bogotá: Alfaguara.

Velado, E. Oswaldo. (2008). Amo los exilios, Patria exacta (p. 153). UCA Editores.

Márquez, G. G. (1975). El otoño del patriarca. España: Plaza & Janes.

Quesada, E. (2012). Objeto, tiempo y colectividad en El otoño del patriarca. Discusiones Filosóficas, 21, 245-262.

Rojas, C., García, P. V.(1985). Gabriel García Márquez: Literatura y mito. «El otoño del patriarca» a la sombra de Cervantes, 80.

Notas del autor:

Mario Quiñónez(San Salvador, 1994). Licenciado en Ciencias de la Comunicación por la Universidad Dr. José Matías Delgado. Estudiante del Máster Universitario en Estudios Avanzados en Literatura Española y Latinoamericana en la Universidad Internacional de la Rioja. Autor del libro de cuentos costumbristas y de realismo mágico «Níspero-bejuco» de Índole editores.