El desafío para formular un modelo educativo estable y sostenible en nuestro El Salvador requiere, al menos, de tres líneas de acción decisivas: uno, formar a los actores educativos en la virtualidad; dos, construir la infraestructura propia para desarrollar de manera robusta la educación a distancia; y tres, un cambio de visión de país en todos los sectores

Hay que pensar en una visión de país para consolidar la teleeducación en El Salvador. Foto ilustrativa

Por Ricardo Chacón

Queramos o no, nos guste o no, nos parezca o no, lo cierto es que la educación, al igual que otras realidades de la vida cotidiana, ya no serán lo mismo luego de que se levante la cuarentena domiciliar que tenemos desde hace más de seis semanas. Y no solo se trata de este curso lectivo o de este ciclo académico, que por sí será solventado de una u otra manera por las clases a distancia, así como por las guías distribuidas, sino porque la virtualidad y el uso de la tecnología aplicado a la enseñanza ha llegado para quedarse y para modificar las viejas estructuras educativas y pedagógicas.

El sistema educativo salvadoreño necesita contar con políticas claras para enfrentar la nueva realidad y para sacarle el mejor provecho. Se necesita una visión con prospectiva, así como estrategias claras que nos permitan subirnos, no solo al tren de la sociedad del conocimiento, sino solventar los viejos problema propios del subdesarrollo y de la marginación.

Debemos determinar los objetivos, las metas y las estrategias que, como país, resultan fundamentales en la actualidad, y vincular estas con la educación es prioritario. La pandemia ha venido a desnudar la nueva economía del mundo, caracterizada por innovaciones tecnológicas a granel. Hoy nuestra realidad está dominada por la automatización, y esto se ha traducido en modificaciones de fondo al mercado de trabajo. Sin embargo, esta crisis ha abierto con mayor amplitud que antes la oportunidad a nuevos campos profesionales. La urgencia ineludible de enfrentar esta realidad con nuevos ojos para echar a andar procesos educativos que respondan a estos nuevos desafíos es uno de los resultados a menor plazo con que nos enfrentamos.

Tenemos ante nosotros una realidad que muestra a diestra y siniestra la brecha que separa los países desarrollados de los menos desarrollados. En ambos mundos la Humanidad ha padecido la pandemia con la fragilidad propia de los seres abatidos por el coronavirus. Sin embargo, unos la han enfrentado con las herramientas de la tecnología y con ello sus ciudadanos, volcados en el teletrabajo, han continuado siendo productivos y han enfrentado la crisis con mejores herramientas. Otros, peor preparados, o sin preparación alguna, simplemente han tenido que aguantar de peores maneras, porque nuestro trabajo no han accedido a la sociedad del conocimiento.

Distribuir una ayuda de trescientos dólares entre la población más desprotegida se convirtió en un caos. No había bases de datos fiables, el acceso al sistema bancario fue insuficiente y los mecanismos de organización digital eran casi inexistentes; no se diga para medir el impacto entre las familias trabajadoras o las empresas que, simplemente, se vieron obligadas a cerrar.

A diferencia de los países más desarrollados donde el encierro ha demostrado que el teletrabajo permitió que el aparato productivo no se detuviese y que los profesionales más cualificados de niveles medios y superiores realizaran estas labores desde sus casas, en nuestras sociedades menos desarrolladas esta emergencia ha paralizado sectores de trabajadores con bajo nivel educativo y sin herramientas tecnológicas para aportar, desde su casa, al aparato productivo. Esta situación, claro está, ha colocado a las pequeñas y medianas empresas al borde de la quiebra.

La educación a distancia, tanto en el mundo desarrollado como en el subdesarrollado, ha continuado con sus procesos, si bien es cierto con diferencias abismales. Sin embargo, en general se ha llevado a cabo sin mayor tropiezo, lo que muestra que el uso de las nuevas tecnologías es una realidad ineludible, como también que las viejas estructuras presenciales dan paso a la educación a distancia. 

Ventanas de oportunidades

Estos hechos, de por sí dramáticos, abren un horizonte de oportunidades. Nos muestran que, a corto y mediano plazo, las sociedades requerirán personas que llenen los puestos de trabajo con alto y mediano nivel de cualificación, con formación en ciencia, tecnología, ingeniería y matemáticas, sin olvidar que dichas personas deben ser capaces de ser creativas e innovadoras, tanto en procesos del conocimiento positivo, como en las artes y el diseño.

En pocas palabras, la pandemia nos debe forzar a marchar a pasos acelerados. Debemos, en primer lugar, determinar los potenciales que como país tenemos, con ventajas y debilidades, de cara a un mercado altamente competitivo. También tenemos que visualizar el futuro mediato (que ya lo hemos visto ahora) y elaborar un plan de acción jerarquizado y de consenso. Por supuesto, para esta labor debemos tener en cuenta la evaluación permanente. Y la educación, si tenemos la osadía, la valentía, la visión, podemos convertirla en la palanca que nos haga diferentes.

En pocas palabras, y sin querer ser “teórico ni academicista”, se trata de montar y poner en marcha un plan estratégico donde se sistematice los objetivos a mediano plazo, que muestre las estrategias y caminos para su cumplimiento y describa los sistemas de evaluación. Este plan estratégico, que toma en cuenta de manera estructural la educación, puede ser entendido como una herramienta de gestión eficaz y útil para trabajar con perspectiva de futuro.

Ojo, planes que vayan más allá, como la iniciativa mostrada por la Ministra de Educación denominado “Plan Estratégico Institucional de Educación 2019-2024” y que, si bien es un intento de presentar un trabajo que será articulado con las diversas instancias del gobierno (otros ministerios), pone énfasis, sobre todo, en cuestiones importantes como la educación inicial. Este es un programa que será desarrollado por la Primera Dama, pero deja por fuera el conjunto de objetivos, metas y estrategias que como país queremos alcanzar.

Todavía hay más: deja por fuera a los diversos actores de la vida nacional, a los verdaderos creadores de riqueza en el país para determinar por dónde se caminará, hacia dónde queremos llegar, cómo lo haremos. Se hace necesario un diálogo nacional que incluya desde el gobierno de turno, incluido los gobiernos locales, así como a expertos nacionales e internacionales que participen activamente en la formulación de las políticas educativas, sin olvidar la participación del empresariado, de las universidades y de los demás sectores del país, para que identifiquen y contribuyan en el diseño e implementación de los procesos educativos de la nación. Los diversos sectores de la sociedad organizada: sindicatos, cooperativas, organizaciones no gubernamentales, iglesias tienen que dar su aporte.

No significa, tampoco, hacer grandes mesas de trabajo, donde haya representantes de cada sector pontificando a lo grande. Se trata de presentar planes de trabajo que deben incluir las necesidades del país, los desafíos de la nación de cara a la nueva realidad.

Para reflexionar…

El desafío para formular un modelo educativo estable y sostenible en nuestro El Salvador requiere, al menos, de tres líneas de acción decisivas: uno, trabajar muy duro para formar a los profesores, a los administradores de la educación y, en general, a trabajadores de los centros de estudios, tanto básicos como medios y superiores, en la educación a distancia, particularmente la virtual. Esto pasa por tomar conciencia, y ahora tenemos la oportunidad de hacerlo con la crisis, sobre las ventajas que la educación virtual tiene sobre la presencial, y no solo porque la educación “se amplía hasta la casa en un período de cuarentena”, sino porque pone en el centro de la educación al sujeto, al estudiante, a la persona como artífice de su propia formación, tratando de dar respuesta a las necesidades de la sociedad actual.

Un segundo punto requiere, pero en serio, de construir la infraestructura propia para desarrollar de manera robusta la educación a distancia. No se trata simplemente de poner al servicio de la sociedad a servidores informáticos sólidos, que aguanten la carga de miles de personas conectadas al mismo tiempo, y de ampliar el ancho de banda para poder conectarnos todos, así como todos compartimos el mismo aire que respiramos, sino también desarrollar el mundo de las aplicaciones digitales y las plataformas de interconexión.

Aquí hay un punto que puede hacer la diferencia en países que sufren subdesarrollo y exclusión, como nuestro El Salvador, al permitir una conexión “universal” a muy bajo costo o gratuita, que permita a los ciudadanos conectarse con facilidad. Nuestro país es pequeño en territorio. Convertirlo en un espacio total con acceso libre a internet, con un ancho de banda suficiente, nos daría una ventaja competitiva sin igual.

Un tercer punto, no se sí igual o más complicado que los anteriores dos, es la visión de país a mediano y largo plazo que convierta a todos sus actores, a los sectores privado y público, a la clase política y, en general, todas las fuerzas vivas de la nación, puestas a caminar al unísono para alcanzar los logros colectivos, y entre ellos, en especial, contar con un modelo educativo moderno y eficaz, envolvente y, sobre todo, incluyente.