«Y en cuanto a la educación, veo a mi otro hijo, el menor, recibiendo sus clases en línea, discutiendo con sus compañeros sobre la mejor forma de presentar sus tareas, atendiendo las indicaciones del profesor, que incluso pasa lista… No hay duda de que el futuro ya está aquí y que sus desafíos retarán nuestra inventiva y nuestra capacidad de adaptación como nunca antes»

Por Carmen González-Huguet

Pero la vida sigue y los tiempos cambian. Tampoco antaño viajar en un avión con otras doscientas, o más, personas enlatadas nunca fue una opción demasiado seductora. Pero la gente estaba dispuesta a pagar ese costo, y otros, con tal de ver países. Ahora que la pandemia ha desvelado el riesgo de quedarse “varado” en tierras extranjeras, sin dinero y sin posibilidad de retornar, al menos a corto plazo, dada la inoperancia, falta de voluntad o ambas cosas, del gobierno, viajar es una opción de ocio que ha perdido mucho de su atractivo, sobre todo si significa poner en riesgo la salud, y hasta la vida.

Por otra parte, es claro que las medidas de higiene y de seguridad se incrementarán a niveles inéditos, sobre todo en los aeropuertos, lo que sin duda contribuirá a desalentar a los turistas, para bien y para mal. Y cuando digo turistas me refiero a ambos: los que van y los que vienen. Una de las incertidumbres que nos rodean es cuál será, a mediano y largo plazo, el impacto de la pandemia sobre el turismo a nivel mundial, así como los millones de empleos que pueden perderse si esta actividad se contrae alrededor de todo el planeta. Un ejemplo de ello son los cruceros: esos rascacielos flotantes que transportaban, cada vez, más de cuatro mil personas. Se trataba, antes de esta crisis, de un negocio que movía unos dieciséis millones de pasajeros anuales, y generaba, además de muchos millones de dólares y euros en ganancias, decenas de miles de empleos directos e indirectos en todas partes. ¿Asistiremos al fin del turismo masivo? ¿Van a quebrar todas las líneas aéreas? ¿Qué pasará con las ciudades que, a partes iguales, vivían y padecían las consecuencias del turismo a escala hipertrofiada, como Venecia? ¿Tendrán que enfocarse en formas de turismo menos masificadas? ¿Podrán reconvertirse? ¿Apostarán por esa cosa rara que algunos llaman “el turismo virtual”?

¿Y qué hay de los artistas? Los conciertos multitudinarios, al menos hasta nuevo aviso, se fueron por un caño. O, en todo caso, se acabaron aquellas reuniones tal como las conocíamos. Sin embargo, por Internet ha causado furor el concierto de Pascua de Resurrección brindado por Andrea Bocelli en la catedral de Milán, el 12 de abril. Esto nos hace vislumbrar que la creatividad de la gente encontrará nuevos medios y nuevas vías para conectar con las personas.

En cuanto a los comercios, ¿qué pasará con los centros comerciales, esos conglomerados en los que las personas no solo realizaban transacciones bancarias, sino también otras gestiones, como recargar sus saldos telefónicos, surtir recetas en las farmacias, recibir o enviar dinero a través de empresas especializadas, ir al supermercado, a la oficina de correos, al salón de belleza o barbería, o aprovechar para tomar su almuerzo? Es claro que el modelo de negocios resultará afectado, en mayor o menor medida, por los cambios que se avecinan. Y todavía no podemos vislumbrar en qué forma van a transformarse.

Por otro lado, los cambios ya nos están impactando en el ámbito de las relaciones sociales, además de sufrir las secuelas del confinamiento, que con seguridad no serán pocas. ¿Se acabarán los saludos de besos y abrazos? Hace unos días veíamos en un noticiero el encuentro entre el rey de España, Felipe VI, y el presidente francés Emmanuel Macron, y sus respectivas esposas, en el marco de la visita de estado que el primero hizo al segundo, y resultó sorprendente cómo ambas parejas evitaron conscientemente saludarse con los acostumbrados besos en la mejilla. ¿Y al resto del mundo, qué nos queda? ¿Tendremos que saludarnos como los japoneses: con una corta inclinación de cabeza? Porque resulta que también los apretones de manos pueden ser peligrosos en las presentes circunstancias, a menos que andemos aplicándonos gel después de cada saludo, lo cual, además de engorroso, puede ser interpretado como una afrenta.

Algunos especialistas han señalado la gravedad de la crisis económica que se nos viene encima, tanto sobre las empresas formales como, en especial, sobre el sector informal y las medianas, pequeñas y microempresas, que usualmente tienen menos margen de maniobra para enfrentar estas dificultades. También se ha hablado mucho de los costos de la cuarentena sobre la productividad del país.

Con todo, los sectores donde dichos cambios se presume que serán más dramáticos son, en general, el trabajo y la educación. El 20 de marzo de 2020 la Asamblea Legislativa aprobó, por fin, una ley destinada a regular el teletrabajo. Pero antes de su aprobación este fenómeno ya estaba aquí. En los Estados Unidos, hace más de diez años mi hermana Pilar, que trabajó durante más de diecisiete años para una compañía del sector del entretenimiento, dejó su empleo y se mudó a otra ciudad. Sin embargo, siguió trabajando, ya como empleada independiente, desde su casa. La compañía eliminó de esta manera casi una división completa, ahorrándose el costo de los edificios, la electricidad, el agua, el mantenimiento y los lugares donde estacionar, amén de los costos de la seguridad social y de otras prestaciones laborales.

¿Será que ese es el futuro? ¿El teletrabajo? Veo a mi hijo mayor, que en este momento está empleado en un call center y desde hace varios días ha comenzado a laborar desde casa. Estamos jodidos porque, mientras atiende clientes en línea, los demás no podemos ni suspirar. ¿Será esto lo que nos espera? ¿Dónde y por quién quedará trazada, en este ámbito, la frontera entre lo público y lo privado? ¿Hasta dónde llegará la intimidad del individuo, invadida por el mundo del trabajo? Y en cuanto a la educación, veo a mi otro hijo, el menor, recibiendo sus clases en línea, discutiendo con sus compañeros sobre la mejor forma de presentar sus tareas, atendiendo las indicaciones del profesor, que incluso pasa lista…

No hay duda de que el futuro ya está aquí y que sus desafíos retarán nuestra inventiva y nuestra capacidad de adaptación como nunca antes. Pero desde mis sesenta y un años quisiera ser un poquito positiva: a lo largo de las últimas décadas hemos sobrevivido a muchas calamidades como terremotos, conatos de tsunamis, una guerra civil… Y hemos logrado salir adelante. Nadie estaba preparado para esto, pero creo que aprenderemos de esta experiencia y lograremos sobrevivir. Tendremos que adaptarnos. De manera que no nos dejemos llevar por la ansiedad, aprovechemos el tiempo y sigamos adelante. No queda de otra.