«La pregunta que todos nos hacemos hoy en día es: ¿Qué va a pasar? ¿Qué sucederá durante lo más duro de la crisis? ¿Y cuando salgamos de ella? Los cambios ya están aquí. Hay empresas que no sé de qué manera tendrán que reconvertirse, porque su modelo de negocio se ha hecho casi inviable, al menos a corto plazo, tal como lo hemos conocido hasta ahora»

Por Carmen González-Huguet

Nunca he escrito ciencia ficción, lo confieso, aunque siempre he querido. Me atrae el tema, y mucho. El de los viajes entre distintas épocas históricas, ya que mencionamos el género, me encanta. Quizás por eso la serie “El Ministerio del Tiempo”, con sus tres temporadas (y una cuarta que quién sabe cuándo se estrene) me fascinó desde el principio.

Precisamente una de los detalles que observamos con frecuencia en dicha serie es cuánto han cambiado (y cuánto no) las normas sociales a través de las diferentes edades. Y aquí coloco un spoiler alert. Por ejemplo, ya en el capítulo uno, titulado “El tiempo es el que es”, encontramos a “la patrulla”, formada por Alonso de Entrerríos, antiguo soldado de los Tercios de Flandes salvado de la pena de muerte; a Amelia Folch, una de las primeras universitarias de España, y a Julián Martínez, un enfermero del servicio municipal de urgencias, quien no está bien desde la muerte de su mujer en un desgraciado accidente. Los tres son de épocas diferentes: Alonso viene del siglo XVI. Amelia, de finales del XIX y principios del XX, y Julián es el único que ha vivido en la época actual. Las diferencias entre las normas sociales de cada época se manifiestan en el siguiente diálogo que los personajes sostienen con Carrasco, agente del Ministerio que vive y trabaja en 1808:

“AMELIA: Tenemos que llegar aquí.

CARRASCO (Mirando el mapa): Eso es la Fonda del Oso. No está muy lejos. A caballo llegan en menos de media hora.

ALONSO: ¡No pretenderéis que la dama monte a caballo!

AMELIA: Yo sé montar a caballo…

JULIÁN: Pues lo siento, pero yo no. (Alonso y Carrasco le miran incrédulos)”. Fin de la cita.

Como vemos, era “normal” en el siglo XVI que los hombres montasen a caballo, pero no las mujeres de cierta clase social, que de seguro viajaban en coche o en carroza. Aun así, Amelia, que ya dijimos de qué época viene, sabe montar, pero Julián Martínez no ha tenido que aprender equitación a finales del siglo XX y principios del siglo XXI sencillamente porque desde hace varias décadas las personas nos trasladamos en otros medios de transporte: automóvil, autobuses, metro, motocicletas, trenes… No solo ha cambiado la tecnología de los medios de transporte, sino las normas sociales relacionadas con dichos avances.

¿Por qué es importante ver “El Ministerio del Tiempo”? Pues porque, además de enseñarnos historia de una manera amable y entretenida, sin darnos cuenta la serie nos va entregando datos de sociología, de antropología y de filosofía, incluso, además de muchos otros ámbitos del saber. Esta serie nos cuenta cómo los grandes cambios históricos en la política, en la economía y en la tecnología han incidido (y siguen incidiendo) en las vidas de las personas comunes y corrientes, como nosotros. Y han incidido para bien y para mal.

Quienes tal vez hemos sido más afectadas por dichos cambios, y eso también lo muestra la serie, somos las mujeres. Esto nos lo enseña de manera especial el personaje de Amelia Folch, quien se tiene que enfrentar a mucha incomprensión y bastante discriminación por ser mujer y por tener tanta sed de conocimiento en su época, cuando el destino manifiesto de las mujeres era el matrimonio y, por lo tanto, el cuido del hogar y de los hijos. Pero también lo advertimos en Irene, el personaje que nos presenta Cayetana Guillén Cuervo, y sobre todo en Angustias, la eterna secretaria de Salvador Martí. Todas son mujeres fuertes y de muchos valores, como la inteligencia, el coraje, la lealtad, la solidaridad y el sentido del deber.

El mundo que hemos conocido hasta ahora ha estado lleno de luces y de sombras. Y para algunos, más de sombras que de luces. Las desigualdades y la exclusión social han marcado de manera dolorosa nuestra sociedad. Y, producto de dichas desigualdades, la brecha digital separa también muchas personas entre los que tienen acceso a estos adelantos y quienes apenas pueden contar con un teléfono muy básico. Y, sin embargo, la inventiva y el coraje de la gente no deja de impactarnos. Hemos visto en las noticias a un chico que se subía a un árbol todos los días para mejorar la recepción de la señal de Internet y así tener acceso a sus clases en línea. También sabemos de gente que no cuenta con energía eléctrica en sus viviendas, lo cual es igualmente un obstáculo para la conectividad digital y para las actividades cotidianas.

Este tipo de fenómenos nos muestran los rubros en los que el gobierno tiene que invertir significativamente en los próximos años: servicios básicos, como la energía eléctrica y el agua potable (otra gran deuda que los gobiernos han contraído y nunca satisfecho adecuadamente con la población, incluyendo a la presente administración pública), pero también conectividad digital y servicios públicos en línea, para que, entre otras cosas, la gente no se vea en la necesidad de formarse en colas kilométricas para cualquier trámite, o de trasladarse, en persona para hacer cualquier gestión.

La pregunta que todos nos hacemos hoy en día es: ¿Qué va a pasar? ¿Qué sucederá durante lo más duro de la crisis? ¿Y cuando salgamos de ella? Los cambios ya están aquí. Hay empresas que no sé de qué manera tendrán que reconvertirse, porque su modelo de negocio se ha hecho casi inviable, al menos a corto plazo, tal como lo hemos conocido hasta ahora. Los cines, por ejemplo. En las últimas décadas hemos visto desaparecer cadenas enteras de salas de cine, entre ellas los dinosáuricos locales con capacidad para más de quinientos espectadores, como fue el Cine Caribe, entre otros, que primero se dividió en varias salas antes de cerrar de manera definitiva. Hasta hoy algunos cines sobrevivieron en locales reducidos, algunos de menos de doscientas butacas. Esto locales se agrupaban en conjuntos de cinco o más auditorios ubicados en las cercanías de centros comerciales a los que servían de “negocio ancla”.

Después del coronavirus (porque, como todo en la vida, esta epidemia va a pasar, por grave que sea), ¿los espectadores nos seguiremos sentando tranquilamente al lado de un perfecto desconocido, o preferiremos ver las películas en la tranquilidad de nuestros hogares, a través de un servicio de “streaming”? Nunca será lo mismo, de acuerdo, sobre todo para quienes tuvimos la experiencia de conocer los cines de antaño. Tampoco es lo mismo leer un libro en papel que leerlo en la pantalla de la computadora u (¡horror de los horrores!) en la minúscula pantalla del teléfono. Dios me libre de resignarme a tamaño atentado contra los derechos humanos.