«Para estudiar a distancia hace falta que la persona tenga un grado de madurez y de compromiso muy alto, y que esté determinado a ser el protagonista absoluto de su proceso educativo. Y eso, como dice la publicidad de ciertas tarjetas de crédito: No tiene precio»

La educación a distancia vino para quedarse. Toca encontrar estrategias adecuadas para seguir con la labor docente en la virtualidad. Foto tomada de Internet

Por Carmen Gónzalez-Huguet

Escribí toda mi tesis en una de las primeras computadoras portátiles que vinieron al país. Era un volado “feyo” que parecía máquina de coser, con la pantalla negra y las letras color ámbar. Para entonces yo había abandonado, creo que definitivamente, el ambiente Mac y “le quemé la canilla” con una cosa entonces nuevísima que se llamaba “Wordperfect 5.1”. Terminé acostumbrándome tanto a ese procesador de palabras que, lo digo con tristeza, me costó mucho pasarme al Word de Office. Imprimir mi tesis, que tenía doscientas cincuenta páginas a doble espacio, me llevó toda una noche. El impresor matricial terminaba una página cada dos minutos, sin contar con que teníamos que esperar una media hora, cada veinte páginas, a que el cabezal se enfriara. Y, además, el aparato sonaba, todo el rato, como cuche degollado.

Cuando sucedían todas estas calamidades, profesores y alumnos no teníamos otra opción que adaptarnos. “Lean capítulos tres y cuatro y preparen un control de lectura”, era una de las instrucciones frecuentes. ¿Y ahora? Nada qué ver. Hoy se puede consultar bibliotecas en línea, bajar enciclopedias enteras, encontrar información a un “clic” de distancia, traducir, consultar diccionarios, ubicar cualquier lugar en todo mapa y hasta contemplar vistas de 360 grados de algunos sitios. Los mejores museos del mundo ofrecen visitas virtuales. Podemos compartir fotos, videos y música, además de textos. Facebook y Skype nos permiten hacer video llamadas gratis, y otras plataformas, inclusive, nos facilitan sostener videoconferencias en tiempo real.

Sin embargo, todas estas ventajas no me ocultan una serie de inconvenientes con los que nos toca lidiar a diario. Nunca como hoy el plagio ha estado a la orden del día, a pesar de que hay programas diseñados para detectarlo en un abrir y cerrar de ojos. Las habilidades de los estudiantes para producir textos son dolorosamente limitadas. Tal vez yo soy muy exigente, pero a los veintitrés años que contaba cuando empecé a estudiar Letras, ya era capaz de escribir un texto coherente, con las tildes, las comas y los puntos donde debían ir, sin faltas de ortografía y con alguna conciencia del ritmo y de la ilación de las frases.

Hoy, cuando bibliotecas enteras están a nuestro alcance, me da la impresión de que la gente lee menos que nunca, o que el número de personas que de verdad leen es dolorosamente reducido. Pongo a leer a mis alumnos en voz alta y compruebo que les cuesta más que pasar el camello por el ojo de la aguja, como dice el Evangelio. Se traban. No saben para qué son los signos de puntuación. No tienen idea de cómo leer números, ni arábigos ni, mucho menos, romanos, y su comprensión lectora es, además, desgraciadamente limitada, como lo es su vocabulario. La tecnología, que debería servir para hacernos más productivos, en realidad a muchos los ha vuelto más indolentes.

Muchas veces me tocó preparar trabajos de la universidad en mi vieja maquinita de escribir portátil a la luz de una vela, con toque de queda y con la benemérita rondando por las solitarias y empedradas calles de Ciudad Delgado. Pero siempre entregaba los trabajos en la fecha que tocaba, salvo casos de fuerza mayor. Hoy tengo que escuchar excusas como: “Se le acabó la tinta al impresor”, o “El Internet se cayó”. Y me digo lo que me repetía mi abuela: “Mañana hago mi casa, dijo el zope…”.

Sin duda, hay cosas para las que la tecnología es maravillosa. Nos facilita mucho encontrar información, cotejar datos, comunicarnos e informarnos. Podemos tener acceso a lo mejor (y, desafortunadamente, también a lo peor) que ha producido ha Humanidad. No seré yo quien lo discuta. Pero hay cosas que la tecnología jamás sustituirá. Cosas como la disciplina, la voluntad, la ética y los hábitos de estudio y de trabajo. Para estudiar a distancia hace falta que la persona tenga un grado de madurez y de compromiso muy alto, y que esté determinado a ser el protagonista absoluto de su proceso educativo. Y eso, como dice la publicidad de ciertas tarjetas de crédito: No tiene precio.

La educación virtual ha venido para quedarse. Esa es una realidad indiscutible. No soy profeta, ni lo pretendo, pero creo que en los años que vienen veremos cada vez más fenómenos como el teletrabajo, y que la tecnología continuará acompañándonos y ayudándonos a ser más productivos. El mundo está cambiando y nosotros tenemos que cambiar con él.

Pero no nos engañemos: lo mejor, y por desgracia también lo peor, que la Humanidad es y tiene no ha cambiado gran cosa en los últimos veinticinco siglos. Una historia es una historia, la escuchemos de un rapsoda griego, la leamos en un libro de papel o la veamos en una miniserie en Youtube. La estructura narrativa sigue apelando a los mismos resortes y “trucos” que ya conocía Homero. Y hoy como ayer nos siguen impactando la lealtad de Argos, la ambición y voracidad de los pretendientes, la astucia de Ulises y la, acaso, mayor profundidad psicológica de Penélope. El mundo está cambiando. Quiera Dios que la Humanidad cambie con él. Y cambie para bien.