Fueron años difíciles. Así describe Carmen González-Huguet, en esta primera entrega, sobre la formación en Educación Superior durante la guerra civil. El acceso a la tecnología era nulo, pero el ingenio le permitió rebuscarse para salir adelante. Disfruta de este texto íntimo que nos hace reflexionar y valorar sobre cómo se imparte clases online en los tiempos de coronavirus en la Universidad

El conflicto armado nunca fue declarado en forma oficial, pero se considera usualmente que se desarrolló entre 1979 y 1992.

Por Carmen González-Huguet

En los tiempos de mi santa madre sonaba un tango que decía, más o menos, que “veinte años no es nada”. Muchas personas hallaban, y todavía hallan, consuelo en semejante mentira. Como sea, si veinte años no son nada, cabe esperar que treinta y pico sí sean algo… ¿No creen?

Por razones que no voy a comentar aquí y ahora, comencé a estudiar la licenciatura en Letras en la UCA en 1982. No eran tiempos fáciles. Mi mamá decía, en esa época, aquella frase suya, tan famosa: “No estaba la Magdalena para tafetanes”. Sin embargo, había que estudiar. Yo, al menos, lo tenía claro: había que estudiar. De otra manera, lo que tocaba era agonizar toda la vida en un trabajo de mecanógrafa mal pagada.

De modo que empecé a salir volada del trabajo, a las cuatro de la tarde, todos los días de lunes a viernes para agarrar la 101 y trasladarme desde la oficina, que estaba en la Calle Arce, hasta la UCA. Y después de recibir clases, de 4:30 a 8 p.m., regresar, también volada, en bus hasta la casa donde yo vivía que, en aquella época, quedaba en Ciudad Delgado. Y esta rutina se repitió, con algunas pausas más o menos largas, desde 1982 hasta 1988, cuando por fin me pude cambiar a un apartamento cercano a la universidad.

En aquella época no había teléfonos celulares. De hecho, en la vivienda de Ciudad Delgado no había ni siquiera teléfono fijo. Para hacer o recibir llamadas había que caminar como cinco cuadras hasta la oficina de ANTEL, a la vuelta del mercado. Tampoco teníamos computadoras. A mí lo que me acompañó durante toda la carrera fue una maquinita de escribir portátil. Y a golpe de tecla escribí en ella todos mis trabajos de la universidad. Ya en 1987 pude comprarme una máquina eléctrica, de aquellas de bolita, que pesaba exactamente treinta y tres libras, nada menos, y me consta… Pero de computadoras aquí, en El Salvador, no sabíamos nada, ni sabríamos en bastante tiempo.

Al principio del ciclo nos entregaba cada profesor el programa de la materia con una hermosa lista de libros: la bibliografía. En segundo ciclo, cuando ya nos conocíamos, mi grupo de estudio y yo nos habíamos organizado. Nos repartíamos las listas y cada uno sacaba los libros que podía. Reuníamos el dinero, fotocopiábamos, nos repartíamos las fotocopias y devolvíamos los libros a la biblioteca.

¿Qué era ilegal? En aquella época no lo sabíamos. Y, la verdad ante todo, creo que no nos habría importado demasiado quebrantar la ley con tal de formarnos como profesionales. Es que a este país, en los años ochenta, apenas sí entraban libros. Por un lado, creo que tener libros era sospechoso en aquella época. Los policías te veían con libros y, de entrada, ya eras una persona “rara”.

Pero, además, desde que el Banco Central acaparó la función de asignar dólares, las librerías quebraron. Había una listota de a qué rubros de la economía se les vendía dólares. Por supuesto, las medicinas y los insumos eran prioritarios y estaban al principio de la lista, bien arriba, y los libros, con suerte, estaban en el penúltimo lugar, casi en el margen de abajo. De modo que por esa razón, y por la censura, claro, no entraban libros. Si no hubiera sido por la biblioteca de la universidad, y por nuestra pequeña iniciativa corsaria, no habríamos podido estudiar. Todavía hace unos años, en una limpieza profunda, boté como diez resmas de fotocopias…

La primera vez que toqué una computadora fue en una empresa a la que entré a trabajar en agosto de 1989. Sí, hace treinta años. O casi treinta y uno. Confieso que la acaricié con el mismo temor con que toqué a mi hijo recién nacido. Yo pensaba que la iba a arruinar. Tenía miedo hasta de encenderla. “¿Y si jodo esta babosada, cómo la pago?”, pensé. Tuve suerte, porque aprendí en una de las máquinas más amigables que existían entonces. Era una computadora Macintosh, una de las primeras que vino al país, y lo mejor para el área editorial. Pero eso entonces yo no lo sabía. En aquellos años trabajar en una Mac era algo así como sentarse al volante de un Lamborghini Diablo. Aprender lo esencial para utilizar el procesador de palabras me llevó una mañana. Y confieso que nunca volví a extrañar mi vieja máquina de bolita, a pesar de que, dos años después, una Mac me haría una cabronada única. Pero esa es otra historia.

Fueron años difíciles. Yo no tenía ni siquiera un televisor en mi casa. Para hacer un trabajo en el que un profesor nos pidió anotar doce horas de pauta de un canal local, tuve que pasar esas horas en la casa de un matrimonio amigo que sí tenía televisor. No sé cómo soportaron conmigo la tortura de cronometrar la programación de aquel sábado, desde que aparecieron las barras de sintonía hasta que el último programa terminó.

Los paros al transporte y los toques de queda desafiaron la inventiva de los salvadoreños. Para mí significaban, en cada ocasión, perder varios días, y a veces semanas, de clase. ¿Quién se acuerda ahora de las fiestas “de toque a toque”? Implicaban que todos los invitados se quedasen a pasar la noche en la casa de la fiesta, ya que nadie podía marcharse hasta el amanecer del siguiente día.

En cuanto a los paros al transporte, para mí significaban atravesar toda la ciudad de San Salvador, de punta a punta, en cualquier vehículo que se ofreciera a llevarme: pícap, camión arenero o, en una ocasión, un panelito que repartía pan francés. Sin embargo, lo más difícil fueron los cortes de energía. A veces duraban doce horas y eran una auténtica tortura. Había que prescindir de la refrigeradora, porque toda la comida se arruinaba, o porque el motor del compresor daba su último aliento. El tráfico se volvía aún más caótico, si cabe, que de costumbre, porque no funcionaban los semáforos, y al anochecer la gente optaba por marcharse a su casa, porque sin luz la ciudad era, ciertamente, más peligrosa que de costumbre.