A los 60 años, el astro argentino falleció tras sufrir una parada cardiorrespiratoria. Diego Armando Maradona fue campeón del mundo en México 86′ con Argentina. Subcampeón en Italia 90′ e inmortal en Europa con el Nápoli italiano. Sin duda, su legado será eterno

Diego Armando Maradona sujeta la copa del Mundial de 1986 tras el triunfo de Argentina contra Alemania Federal (3-2) en el Estadio Azteca de Ciudad de México. Foto de CARLO FUMAGALLI AP

Por Erick Valdés

El planeta retumbó el miércoles 24 de noviembre, a las 10:00 a.m., hora local, con la noticia del fallecimiento de “El Pelusa”, “El Diego”, “El Barrilete Cósmico”, “D10S”, o como lo llamasen alrededor del mundo. Y es que Diego Armando Maradona no fue un simple futbolista, se convirtió en todo un fenómeno mediático que, aún dos décadas después de su retiro, seguía estando en boca de todos.

El ídolo futbolístico representado por la imagen de Diego Armando trasciende las generaciones y las fronteras; en Argentina lo amaban, pero en El Salvador también, en México, en España, en Italia, en todas partes donde ruede una pelota, donde el fútbol se viva y se sienta más que un simple deporte; y es que lo es, se ha convertido en un lenguaje universal que, los que mejor lo hablan, son los que se quedan en la mente y corazones de todos. Uno de esos fue el que se nos adelantó ayer.

Antes de continuar, quisiera dejar claro que esta nota no se va a centrar en los problemas afuera de la cancha que, indudablemente, son muy penosos e indefendibles. Pero hoy no toca hablar de eso. Hoy corresponde rendirle honores como domador de la pelota, su obra más grande. Con poco más de 15 años, «El Pelusa» empezó a concursar para dios del fútbol. Lo hizo, además, en un país que lo acogió como a un mesías sentimental, porque el fútbol, en Argentina, es un juego que solo llega a la mente después de pasar por el corazón. El arte barrial que Diego llevó a los estadios es su legado, no importando qué camiseta sudara, él era un genio, era un argentino y eso le resultaba bastante bien para desatar su orgullo.

Maradona se convirtió en el ídolo de toda una generación que lo vio gambetear desde 1982 en el mundial de España; cuando lo vieron destruir a los ingleses en México 1986, cuando llevó a Argentina a su segunda final del mundo al hilo, en Italia 1990; incluso cuando en Estados Unidos 1994, en aquel lamentable escándalo de dopaje, fue excluido de la copa del mundo, su último mundial. Pero como Diego decía, “la pelota no se mancha”, se equivocó y pagó, pagó tanto que, incluso hasta ayer, continúo cosechando esos frutos que debieron haber desaparecido hace tiempo.

Sí él es el ídolo de todas las generaciones, ¿cómo no voy a admirar a un tipo que hizo todo lo que mi abuelo y mi tío me cuentan? Me es suficiente con verles el brillo en sus ojos al relatarme lo que hacía el Diego, al contarme sobre aquel gol con la mano a Inglaterra en la cancha del Estadio Azteca, o escuchar la narración del ‘Gol del Siglo’ en la voz de Víctor Hugo mientras lo veo en YouTube, una y otra vez.

¿Cómo no voy a admirar a un tipo como Maradona? Si todo el día he visto videos de gente llorando desconsoladamente alrededor del mundo, hombres y mujeres; cómo no lo voy a admirar después de ver a periodistas quebrántandose en directo porque se les fue su ídolo, el responsable de que se enamoraran del deporte, cómo no lo voy a admirar después de ver a otros futbolistas, artistas, incluso hasta presidentes de diferentes naciones mostrar su pesar ante la partida del Pelusa.

¿Cómo? Especialmente después de ver a un hombre desconsolado, a las afueras de La Bombonera que, textualmente dijo: “¿Sabés toda la felicidad que nos dio a los pobres? A veces ni para comer teníamos, pero lo veías a él por la tele y te hacía feliz”. Quizás les pase como a mí, tal vez no, pueden culpar a mis mentores futbolísticos por tanta admiración, pueden culpar todo lo que ya mencioné, a lo que quieran…

Nunca supimos de qué planeta vino el genio del fútbol mundial, con lo que nos quedamos es con todas las historias, anécdotas y recuerdos que dejó en la tierra, esas que no se van a borrar jamás, porque como el Diego, serán eternas. Termino con una frase que dijo ayer Pep Guardiola: “No importa lo que hizo con su vida, me importa lo que hizo en mi vida, lo que significó para mí”. Gracias por tanto, genio.