Según la Organización Mundial del Trabajo (OIT), el 56 por ciento de los salvadoreños se encuentra en el sector informal, por lo que es latente el subdesarrollo. Te presentamos cómo el Centro Histórico alberga a estos trabajadores que no cuentan con el acceso a la seguridad social y la protección que proporcionan las legislaciones vigentes.

Fotorreportaje: Lázaro Salmerón

Don Julio, un trovador de época

Julio puede recorrer la ciudad hasta con los ojos cerrados. Su motivo es claro: alimentación. Desde joven, mostró interés por la música, por lo que decidió salir de su añorada Moncagua, San Miguel hacia San Salvador. A pesar de las deudas, los diversos trabajos y la falta de apoyo, decidió sacarle lucro a la guitarra. Actualmente, sigue deambulando las calles del Centro Histórico por dos motivos: sacarles una sonrisa a las personas con su música y ‘pa’ la tortilla con sal, aunque sea”, confiesa.

20 años vendiendo lotería

Con dos décadas laboradas, Doña Isabel viaja de Apopa hasta el corazón de la capital para dedicarse 8 horas diarias (9:00 a.m. a 4:00 p.m.) a la venta de lotería. Dice que sus ingresos le permiten sostenerse. Confiesa que no cuenta con un local en la calle, pues no quisiera recibir los maltratos de las administraciones municipales que van y vienen. Su trabajo fue afectado por las remodelaciones, pero dice que espera que con los arreglos logre incrementar sus ventas y ver si uno de sus clientes logra ganarse el Gordo.

Amigos inseparables

César y Roberto, músico y albañil, respectivamente. Cuando se les ve en las calles de San Salvador, cualquiera diría que son amigos de infancia. César es músico nómada y es feliz cuando alguien le pide una rolita. “Esas fichitas es mi sustento”, afirma. Mientras que Roberto ofrece sus servicios de albañilería, oficio que ha ido perfeccionando con el paso del tiempo. Ambos suelen encontrarse para ponerse al día de cómo les fue en su jornada.

Una prueba de fuego

Don Saúl dice que, por motivos del destino, pasó de ser un mecánico de transporte pesado bien cotizado a vender productos de temporada en las calles de San Salvador. Tiene más de 10 años dedicándose a la venta ambulante, pero él no lo ve como un fracaso, sino como una prueba que Dios le pone en el camino para prepararlo para algo mejor. Su jornada arranca desde las cuatro de la mañana, hasta que vende el último artículo con el fin de llevar el sustento para sus familiares. Vive en Panchimalco.

El costo de invertir en negocios

Mariana cuenta con 30 años vendiendo productos de temporada en San Salvador. En diciembre de 2017, consiguió un préstamo de $250 para invertir en artefactos pirotécnicos por los festejos navideños y año nuevo. En su primer día de venta de pólvora, los miembros del Cuerpo de Agentes Metropolitanos (CAM) le decomisaron el producto. Según relata, los del CAM le dijeron que incumplía con la ley. Tras esta experiencia, Mariana aumentó una hora laboral para pagar su préstamo, además de ayudar a algunos de sus siete hijos.

La Odisea de una madre soltera

Ana Rodríguez viaja desde Mercedes Umaña, Usuluán, hasta su puesto en el Centro Histórico. No le costó conseguir un local, pues los vendedores decidieron ser ambulantes tras las remodelaciones del corazón de la capital salvadoreña. Diariamente gasta entre ocho a 10 dólares en transporte, sin contar con el alimento que deben ingerir ella y su niño de cuatro años. Espera que logre vender para darle una vida tranquila a su pequeño. Es madre soltera.

¿Trabajar o trabajar? Ese es el dilema

Liliana tuvo todo lo necesario para vivir cómodamente, pero lo perdió. Revela que vende pequeños accesorios de bellezas como cortaúñas y rímeles, entre otros. No cuenta con el apoyo de su familia ni de una organización. Ni posee con una jornada laboral fija, por lo que tiene que rebuscarse para comercializar con lo que tiene para sobrevivir.

Un vendedor camaleónico

Salvador es uno de los comerciantes que busca a sus clientes para obtener dinero. Vende diferentes productos, pero tiene bien marcada su estrategia: por la mañana reparte desayunos de comedores; al mediodía, vende agua de coco a los transeúntes; y en la tarde comercializa café, chocolates y pan dulce. Su jornada laboral abarca de 6:00 a.m. hasta las 8:00 p.m.

Dan la cara por su familia

Doña Berta y su hija, Lilian, venden fruta de temporada en uno de los puntos de microbuses que circulan en el Centro Histórico. Lilian está por dar a luz y quiere reunir un dinero para los gastos necesarios en los primeros meses de su bebé.

“Es yuca, pero no hay de otra”

Claudia es una vendedora de frutas, pero con mucho carácter. Le hace frente a su trabajo sin bajar la cabeza. Ella camina, desde la madrugada, con su carrito de frutas para conseguir dinero. Al preguntarle si le gustaría dedicarse a otra labor, contestó que no, pues no cuenta con el tiempo para soñar.