En este siglo, la idea de reformar la educación es un hecho. El coronavirus aceleró las dinámicas de la innovación y la transformación digital en el sector formativo. No hay vuelta atrás, con lo aprendido de la educación a distancia y/o virtual es momento de rediseñar el modelo hacia la semipresencialidad, cuya planificación requiere decisiones en tres ámbitos: en el área administrativa, en lo metodológico y en lo tecnológico

Por Kevin Eduardo Salazar

Hace una semana, llegó a mis manos un resumen ejecutivo de la Fundación de la Innovación Bankinter, en colaboración con Accenture, titulado: La educación del siglo XXI: la puesta del futuro. El abordaje económico y educativo se centra en una sola idea: reformular la educación para formar ciudadanos del siglo XXI con dos intenciones claras: una para convivir; y dos, para superar problemas como: las deudas crecientes, el estancamiento económico y la recesión, las desigualdades sociales, los conflictos, la delincuencia y la degradación medioambiental. Estos obstáculos propios de los contextos internos y externos de las carreras universitarias deben regir los procesos de formulación de constructos formativos con miras a responder a la realidad inmediata.

Yo estoy consciente de que la crisis del coronavirus vino a dar una vuelta de tuerca completa al sector educativo; en consecuencia, sus cambios son inevitables, pero aún existen resistencias por comprender cómo deben ser las nuevas dinámicas de trabajo. Todo ha cambiado, los roles de administración, docencia y estudiantes no son iguales, y estos cambios ya no compaginan con las viejas estructuras de la educación convencional. Hoy toca debatir cómo debe ser el área administrativa, la metodológica y la tecnológica para que las Universidades asumamos nuestra función de contribuir a la sociedad, a partir del conocimiento en el siglo XXI.

Todo requiere de reformulación y de inversión. De romper las barreras mentales y burocráticas de la educación para redefinir el sistema educativo en nivel superior. En los noventa, inician los primeros intentos de asumir metodologías activas propias a la revolución industrial que desató el fin de la guerra fría como el aula invertida. Tras varios años, en el 2020, con miedo y a oscuras, asumimos una educación de emergencia donde quisimos encajar la rutina administrativa y de práctica educativa monótona de la presencialidad. De pronto, con aulas virtuales, con herramientas como Teams, Zoom, Meet, entre otros se evidenció que todos los miembros de la comunidad educativa estábamos nulos. Y comprendimos que la brecha digital no es solo el acceso a las tecnologías, sino cómo usarlas a fines profesionales y personales.

Entonces, toda la experiencia que hemos vivido en la práctica educativa nos lleva a una idea propia de este texto publicado por Bankinter: Repensar la educación desde el terreno de la infancia hasta la tercera edad para que sea inspiradora, motivadora, universal, de todos y dinamice la economía en un mundo globalizado y con modernización tecnológica. Y este proceso debe nacer en el microcurrículo, es decir, los profesores y los estudiantes, cuyas experiencias en esta educación a distancia nos pueden indicar la hoja de ruta para cambiar el paradigma educativo y, con esos datos cualitativos y cuantitativos, hablar y definir las dimensiones de la calidad educativa, el método y los principios que El Salvador podría definir para construir su agenda educativa propia del siglo XXI.

Y esta tarea no es simple, es compleja, cómo diría Edgar Morín, pero considero que ahora tenemos en nuestras manos la información, los recursos iniciales y las capacidades para tejer una nueva educación propia contemporánea. Hay que reconstruir la escuela y, para ello, hay que entender la visión histórica y filosófica de la educación salvadoreña. En el primer punto, se sabe que tenemos 81 años de recorrido en el terreno educativo, pues a partir del 8 de diciembre de 1939 (Decreto No 17 – Diario oficial No 267), El Salvador configura los marcos primarios de la educación. Cuando llegamos a los sesenta y setenta, la formación fue vocacional, centrada en la formación de destrezas y habilidades de corte y confección, taquimecanografía, belleza, arte y decoración. Con la globalización, lo educativo se transformó en informativo.

En segundo lugar, desde una visión heurística de la educación de El Salvador, vemos la aplicación de diferentes teorías en el diseño y desarrollo curricular. En los treinta, lo que perdura es una teoría positivista, que es obsoleta, anacrónica y fuera de la realidad. Luego, se adoptó una visión de mundo escolástica, donde lo intelectual se coloca en el submundo de la subordinación, la dependencia y la condición colonial. Tras avances en el terreno educativo, se evidencia el tecnicismo empirista, constructivista y evolucionista, en palabras simple: se deja de lado el conocimiento y se da énfasis al saber-hacer. También, la educación salvadoreña es burocrática, pensada en un mercado y con un método abstracto.

Desde estas dos visiones, vemos como en 81 años hemos vivido lo que hemos vivido y que estos residuos aún perduran en las viejas estructuras de la educación convencional. En 2020, exactamente en marzo, cuando la educación tradicional tiene su punto de quiebre, fue el momento de repensar cuál debería ser el futuro de la educación que nos merecemos para cumplir con el Artículo 55 de la Constitución de la República, que dicta los siguientes fines: lograr el desarrollo integral de la personalidad en su dimensión espiritual, moral y social; contribuir a la construcción de una sociedad democrática más próspera, justa y humana; inculcar el respeto a los derechos humanos y a la observancia de los correspondientes deberes; combatir todo espíritu de intolerancia y de odio; conocer la realidad nacional e identificarse con los valores de la nacionalidad salvadoreña; y propiciar la unidad del pueblo centroamericano.

En consecuencia, quisiera retomar siempre de la publicación La educación del siglo XXI: la puesta del futuro, otra idea que complementa lo anterior: «La educación es cosa de todos». En la cual, hay que darle otro nivel de significación a la educación a través del trinomio: «escuela + familia + comunidad», una reorganización interna sobre: «la escuela es territorio y el territorio es la escuela» y que esté centrado en las necesidades y problemas de contexto. Con este punto de partida podríamos incorporar el Aprendizaje basado en problemas, en proyecto y en retos, donde la economía del conocimiento está al servicio de mejorar en dimensiones sociales, económicos y espirituales al ciudadano salvadoreño que asume las nuevas exigencias de la nueva normalidad, que está cargada de incertidumbre, pero que requiere de decisiones acertadas, porque no me cansaré de repetir que la moneda del futuro es el talento humano.

Entonces, cómo bien dijo José Antonio Marina, doctor honoris causa por la Universidad Politécnica de Valencia: «Para educar a un niño, hace falta la tribu entera»; por lo tanto, se necesita que todos los agentes involucrados en la educación asuman compromiso y corresponsabilidad para que existan nuevas oportunidades. Y esto también lo traigo a colación por el tema del modelo híbrido: la semipresencialidad. Hace un par de días, TBOX generó un webinar a través de YouTube sobre este nueva modalidad, que en las encuestas internas que realizamos dentro de la Escuela de Ciencias de la Comunicación (ECC), de la Universidad Dr. José Matías Delgado (UJMD), es la más seleccionada, pero creo que tanto profesores, administrativos y estudiantes estamos tratando de visualizarla, pero esa significación no está cuajando una idea única para hablar de horarios de clase, carga académica, recurso tecnológico para docentes y estudiantes, el método para cumplir con las competencias, las formas de la evaluación, que aún persiste más la cuantitativa sobre la cuantitativa, y sobre todo, qué realmente debo llegar hacer a un aula.

La semipresencialidad requerirá planificación. Aquí queda prohibido ya la improvisación. Ya no es un lujo afirmar que me dedico a la docencia «por amor al arte». La vocación se demuestra y el docente planifica de forma concreta y su secuencia didáctica es flexible cuando detecta estilos de aprendizaje en sus estudiantes. Los contenidos problematizados permitirán un ejercicio de metacognición, de hacer y de valorar lo programado. Además, que esta nueva modalidad necesitará lo mejor de lo presencial y lo virtual para que sea funcional.

Hay muchos puntos de vista, algunos con añoranzas a lo viejo, hay otros que sueñan con lo nuevo, lo ven imposible, incluso, hasta malinchista al pensar cómo lo hacen otros países por tener los mejores software. No, hay que ser conscientes de que nuestra realidad es diferente, que cada actor educativo vive rodeado de una infraestructura débil tecnológica, con un tejido social cargado de violencia y otras dimensiones sociales. Es de empezar a ordenar esta casa para luego impulsar los procesos de innovación que nos permita a todos sumarnos. Claro, sin dejar de observar que se hace en otros países para ir a la vanguardia. Un futuro innovador es el que debemos tener en consideración y el momento de construirlo está en el aquí y en el ahora, para luego tener infinitas posibilidades sobre cómo educar a las siguientes generaciones.