El 28 de septiembre falleció el artista mexicano. Carmen González-Huguet le dedica una semblanza. José José se pasó la vida luchando contra el alcoholismo, se quedó sin voz y resurgió de sus cenizas. El Príncipe seguirá viviendo en el corazón de sus seguidores por generaciones

Por Carmen González-Huguet

No quiero referirme al circo mediático que han montado sus hijos, sea real o ficticio. Tampoco quiero hablar del extremo deterioro al que llegaron su voz y su organismo, a juzgar por el semblante demacrado de sus últimos años. Yo prefiero recordarlo como fue en sus momentos de máximo esplendor.

Hay personajes cuya voz y/o talento ya forma parte de la banda sonora de nuestras vidas. Camilo Sesto, recientemente fallecido, es un ejemplo de dicha realidad. Aunque yo, lo confieso, nunca hice “clic” con Camilo. No sé por qué. En cambio, a mí la voz de José José me deslumbró desde la primera vez que la oí. Fue en casa de la compañera de colegio con quien hacía las tareas los sábados por las mañanas. Ella que tenía un ejemplar del elepé El triste y un equipo de sonido en el que los arreglos orquestales, así como la voz del intérprete, se lucían de modo extraordinario.

No he hecho estudios formales de música jamás en la vida. Pero he sido una oyente atenta de todo el repertorio de música popular que tanto mis abuelos maternos como mis padres pusieron a mi alcance a través de la radio y de una limitada colección de discos. En esta se alternaron las sardanas y zarzuelas favoritas del abuelo Antonio, con los discos de música académica de mi papá y las melodías populares de tríos y orquestas a las que era aficionada mi mamá. José José vino a sumarse a ese empírico saber que fui reuniendo a lo largo de los años, sin darme cuenta de que construía la banda sonora de mi vida.

El mencionado disco, lanzado al mercado en 1970 por la compañía RCA, me impactó, como digo, por su indiscutible calidad. No en balde los directores de orquesta, así como los músicos, arreglistas y compositores, a juzgar por aquella obra, eran de lo mejor que había en México en aquellos años. Los directores fueron Eduardo Magallanes, Mario Patrón, José de Jesús Ferrer Villalpando (mejor conocido como Chucho Ferrer), Enrique Neri (a veces escrito Nery, quien fue uno de los pioneros del jazz en México) y el productor Ignacio González. Entre los compositores destacan Roberto Cantoral, autor de la canción que da título al disco, Sergio Esquivel, Memo Salamanca, Wello Rivas, Armando Manzanero, Felipe Gil y dos mujeres: Blanca Aldás y la chilena Scottie Scott, cuyo verdadero nombre era Margaret Scott Villalta (1942-1996), quien compuso el tema Mi niña, incluido en este disco. Esta canción había sido grabada en 1969 por Los Ángeles Negros.

El 15 de marzo de 1970, José José ganó un discutidísimo tercer lugar con la canción El triste en el II Festival de la Canción Latina en el Mundo, que con el tiempo se convertiría en el Festival OTI de la Canción. En ese evento, celebrado en el Teatro Ferrocarrilero de la ciudad de México, se le concedió el primer lugar a la cantante Claudya de Brasil con la canción Canção de amor e paz, y el segundo, a Mirla Castellanos de Venezuela por Con los brazos cruzados. Fueron estas dos intérpretes y dos canciones que probablemente se merecían más, pero que ahora ni quien se acuerde de ellas.

Gracias a Youtube, ahora podemos volver a ver la interpretación de José José en aquella oportunidad. Son evidentes todos y cada uno de los detalles característicos del estilo de este cantante: glisandos, vibratos, una media voz dulce y controlada, así como esa voz “bostezada” que tan bien sabía emplear.

Algunas fuentes afirman que este intérprete no tuvo una educación musical. Quieren con esto cultivar el mito de que José José fue un cantante “natural”, que alcanzó la maestría a punta de talento y práctica. Esto es difícil de creer por tres razones: porque el padre del cantante, José Sosa Esquivel, era un tenor con entrenamiento operístico y porque la madre de José, Margarita Ortiz, era pianista y profesora de música. O sea… Pero, sobre todo, a las pruebas me remito, por unas interpretaciones que no tienen nada de aficionadas, de “amateur” o de improvisadas. Mírenme la seña. Hasta sabe usar perfectamente el micrófono en función del efecto supremo de la interpretación. Y, además, no olvidemos que todo esto es en vivo y en directo. Aquí no hay “play back” ni truco alguno que valga.

En el video es posible ver a los artistas mexicanos que están siendo testigos de la magistral actuación. Vemos a Angélica María, a Marco Antonio Muñiz (que se queda con la boca abierta, literalmente) y a Alberto Vásquez, completamente cautivados por la interpretación de su compatriota. Y el público, además, no cesa de aventarle claveles, en una apoteosis de admiración.

Cuando tuvo lugar este evento, que probablemente marcó su consagración, el cantante acababa de cumplir veintidós años y estaba, ¿qué duda cabe?, en la plenitud de sus capacidades vocales e interpretativas. También estaba en pleno dominio de un estilo que dominaba a la perfección, a pesar o, mejor dicho, con todas las dificultades, los riesgos y los retos que asumía. Porque El triste es todo, menos una canción “fácil”. Relativamente fácil es Buenos días, amor, de Juan Carlos Calderón, o la infame Payaso, de Rafael Pérez Botija, de la que hablaré enseguida, baladas que grabó mucho después, cuando su voz ya no era, por desgracia, lo que había sido.

Después vendrían los problemas de salud, sus tres matrimonios, de los cuales los dos primeros fueron, por decir lo menos, muy tormentosos, y otras desgracias. A los veintitrés años, en 1971, el cantante se casó con Natalia “Kiki” Herrera Calles, nieta del expresidente mexicano Plutarco Elías Calles. Para ella, que había incursionado en el mundo de la actuación y aparecido en algunas películas y telenovelas, era su segundo matrimonio. Se trataba de una señora veinte años mayor que el cantante. Herrera Calles tenía tres hijos de su primer matrimonio, pero esa segunda boda terminó en divorcio en 1973. Algunas fuentes afirman que fue en esa época cuando el alcoholismo comenzó a afectar a José José.

Dos años más tarde el intérprete se casó con su segunda esposa, Ana Elena “Anel” Noreña, con quien tendría dos hijos: José Joel y Marysol. Este matrimonio también terminó en divorcio en 1991. Cuatro años más tarde el cantante volvió a casarse con la cubana Sara Salazar con quien tuvo una hija.

En lo personal, creo que sus mejores discos (y su mejor época) fueron los del principio de su carrera, cuando grababa para RCA Víctor. Sin embargo, a mediados de los años 70 la disquera ya no lo arropó como antes, y su contrato terminó. En 1977 firmó nuevo contrato con Ariola, cuyo catálogo hoy forma parte de Sony-BMG, que iniciaba entonces sus operaciones en México. A partir de entonces los compositores de sus canciones cambiaron, así como los arreglos y los músicos que lo acompañaban. El gusto del público había cambiado, y también el trabajo del cantante que, al menos a mí, ya no me gustó como antes.

En cuanto a Rafael Pérez Botija, se trata de un compositor de quien, por extraño que parezca, hay muy poca información en Internet. En algún lugar se dice que nació en Santander, España, en 1936. Me quiero referir a su canción Payaso, y concretamente a la estrofa que dice:

Dicen que soy un payaso,

que querría hasta el amor,

que vas tirando a tu paso.

Dicen que soy un payaso,

que no tengo ni valor,

para pegarme un balazo…

En este ejemplo resulta evidente que esta es una de las canciones más antipoéticas que se han escrito. Da vergüenza ajena, la verdad, escuchar en la misma voz que inmortalizó El triste y otras grandes baladas, esta estrofa lamentable. Y para cerrar, solo quisiera traer a colación una de las canciones más desgarradoras que grabó José José y que a mí me emociona especialmente. Es de su segunda época, aparece en su álbum En las buenas… y en las malas  y se titula Amnesia. Es del cantautor argentino Bernardo Mitnik (1933), mejor conocido como Chico Novarro, y del también argentino Francisco Dino López Ramos (1928-1984). Descanse en paz José Rómulo Sosa Ortiz, un artista único y un ser humano frágil como pocos.