Artículos sobre poesía. Segunda entrega: De la “mímesis” aristotélica a Francisco Andrés Escobar

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Al Pie de la letra

Por Carmen González Huguetescritora y docente ECC

Aristóteles, en su Poética, afirma de las obras artísticas que «todas vienen a ser, en conjunto, imitaciones. Pero se diferencian entre sí por tres cosas: por imitar con medios diversos, o por imitar objetos diversos, o por imitarlos diversamente»[1], dato que no debemos perder de vista. Ese carácter de “imitación” de la realidad, que es la noción central del concepto de arte, en general, y de literatura en particular, en Aristóteles, es lo que el genial escritor Jorge Luis Borges llamó, con notable intuición, “el espejo de tinta”[2] en el cuento del mismo título, reunido en su obra Historia universal de la infamia. En ese contexto, el espejo de tinta es una metáfora que alude a la escritura y, por extensión, a la creación artística en general. Por medio del fenómeno de la mimesis aristotélica, toda obra de arte es un espejo de la realidad, una imagen poética. En resumen: una metáfora. E, incluso, aunque resulte aún más paradójico, el ejemplo de Borges es una metáfora de la metáfora.

Como señala el crítico Alberto Ribas-Casasayas en su artículo Signos mágicos de lo absoluto: aproximación a términos y conceptos de la Filosofía del Lenguaje en tres cuentos de Jorge Luis Borges [3]: “Según una perspectiva mágica del lenguaje, determinadas palabras no son un mero símbolo, esto es, un elemento abstracto al que una comunidad otorga un significado de acuerdo con la normativa convencional del código que sus miembros emplean, sino entidades sustanciales que, descubiertas o ya conocidas por el hechicero, permiten hacer ciertas cosas una vez que son pronunciadas. Dicho de otro modo, la palabra tiene una potencialidad sustancial en sí misma, tiene un poder causal: de su pronunciación (acompañada con frecuencia de un aparato ritual, como sucede en el cuento de Borges) se derivan unos efectos materiales palpables. La concepción mágica del lenguaje tiene una relación con el lenguaje divino: «Hágase X», y X se produce; las palabras tienen en sí la sustancia misma de aquello que designan, y si la sentencia emitida por el mago o la divinidad enuncia una acción, ésta se realiza en virtud de que la acción se encuentra en estado potencial en la palabra que la designa. La palabra mágica, en suma, es una entelequia: si la sustancia de la acción, de la cosa, se encuentra en la palabra que le da nombre, entonces la acción, la cosa, se actualizan una vez que la palabra es pronunciada”. Fin de la cita de Ribas-Casasayas.

Hemos subrayado la palabra entelequia y conviene aclarar su significado. Entelequia es un concepto, también, aristotélico. Nos dice el diccionario, en su primera acepción, que entelequia consiste en una “cosa irreal”, y a continuación define: “En la filosofía de Aristóteles, fin u objetivo de una actividad que la completa y la perfecciona”. Apunta, pues, Ribas-Casasayas, a la capacidad que tiene el lenguaje, y específicamente el lenguaje poético, para crear una suerte de realidad alterna, que no por ficticia es menos real, pero que, siguiendo al mismo autor, esta realidad alterna tiene la particularidad de existir fuera del tiempo, en una suerte de eternidad. Y más adelante el mismo crítico señala que, en consonancia con lo anterior, el concepto del tiempo en varios de los cuentos de Borges es circular, siendo el círculo, al igual que el espejo, uno de los símbolos favoritos de Borges. Si la entelequia, como dice el Diccionario Filosófico[4], es un fin realizado (teleología) y también un principio activo que convierte la posibilidad en realidad, ningún objeto es un ejemplo tan acabado de entelequia como la obra literaria. La misma fuente señala que: “En la doctrina de Aristóteles y en la escolástica, la entelequia es finalismo, orientación hacia un fin concreto como fuerza propulsora (Teleología), fin en sí, principio activo, que convierte la posibilidad en realidad”.

Mi maestro Francisco Andrés Escobar, a quien le gustaba, al reflexionar, también retroceder a los orígenes, afirma, en su tesis de licenciatura que “la poesía es una posibilidad de la realidad, un modo del hombre para habérselas con ella, y una realización en el lenguaje”[5]. Y a continuación, hace a un lado el estudio de la realidad primera ya que este corresponde al área de la Teología. En cuando a lo que él llama “realidad segunda”, aclara que esta es “una estructura unitaria y dinámica compuesta por la naturaleza, el hombre y la historia”, y a continuación amplía: “Unitaria por cuanto los fenómenos que en ella ocurren, aparentemente autónomos, guardan una profunda relación de interdependencia, de respectividad. Y dinámica por cuanto tales fenómenos, aparentemente estables, son profundamente devinientes”. “Deviniente” significa que cambia. Deviniente no está en el diccionario, hasta el día de hoy, pero sí está “devenir”, que significa “llegar a ser”, y también: “sobrevenir, suceder, acaecer”.

Más adelante, Francisco Andrés Escobar establece una especie de profesión de fe en la poesía, no muy lejos de lo que dijo San Juan en su Evangelio: “Lo poético está en la raíz, en la inmediatez de lo real. Lo real se entrega al hombre, se le da en notas y con solicitud de actualización. Lo real “quiere” ser constatado, aprehendido, formalizado y expresado a través de una particular concreción formal, a través de un particular lenguaje: el lenguaje de la poesía, en el caso del fenómeno poético, que instala una nueva realidad: la realidad poética”.

De esta manera, F. A. Escobar nos recuerda que la obra poética (y al decir obra poética me refiero, por extensión, a la obra literaria) es una cosa más agregada al mundo. Existe y es verdadera. El que sea ficticia, no la hace menos real. Pero su realidad es de un tipo distinto. Insisto: el que sea ficticia no significa que sea “mentira”, que sea falsa, o que no sea “real”. Por el contrario: a veces el rodeo de la ficción nos puede llevar a penetrar de modo más profundo en la verdad, en la exacta y palmaria realidad de las cosas. Y también mi maestro me dijo, en varias ocasiones, que en el arte lo contrario de lo bello no es lo feo, sino lo falso: la impostura, la falta de autenticidad.

Si usted quiere conocer más acerca del tema, recomiendo: https://www.pedagogica.edu.sv/DescargasDocumentos/publicaciones/Libro_Autores_Salvadorenos.pdf


[1] Aristóteles (1999). Poética. Madrid, Gredos. ISBN 84-249-1200-4. Traducción de Valentín García Yebra.

[2] Borges, Jorge Luis (2011). Historia universal de la infamia. Madrid, Alianza. ISBN 9788420633145. Ver además: https://es.wikipedia.org/wiki/El_espejo_de_tinta, y https://borgestodoelanio.blogspot.com/2016/06/jorge-luis-borges-el-espejo-de-tinta.html, ambos consultados el 23 de julio de 2020.

[3] Alberto Ribas-Casasayas (1999). Signos mágicos de lo absoluto: aproximación a términos y conceptos de la Filosofía del Lenguaje en tres cuentos de Jorge Luis Borges. Artículo publicado en Signa: Revista de la Asociación Española de Semiótica. Número 8. Versión digital: http://www.cervantesvirtual.com/obra-visor/ signa-revista-de-la-asociacion-espanola-de-semiotica–3/html/dcd93078-2dc6- 11e2-b417-000475f5bda5_36.html#I_57_.

[4] Diccionario Filosófico: http://www.flosofa.org/enc/ros/entel.htm

[5] Escobar, Francisco Andrés (1987). Lectura poética de la realidad política: introducción a la vida y a la obra de Oswaldo Escobar Velado. San Salvador, Universidad Centroamericana “José Simeón Cañas”, UCA. Tesis para optar a la licenciatura en Ciencias Políticas.