Sin tantas vueltas, ahora estamos metidos en el mundo de la educación a distancia para “salvar” las clases de este ciclo académico e, incluso, del año escolar. Esta es la realidad, y no la podemos negar

La cátedra de Proyecto Informativo Televisivo, de la especialidad de Periodismo del Plan de Estudios de la Licenciatura en Ciencias de la Comunicación, de la Universidad Dr. José Matías Delgado (UJMD) realizó un reportaje de la labor de la virtualidad de nuestra Escuela

Por Ricardo Chacón, director de la Escuela de Ciencias de la Comunicación

Tenemos que ser conscientes de tres cuestiones: uno, la educación a distancia que realizan diversas universidades en la actualidad no forman parte de una estrategia para implantar la educación virtual o e-learning; dos, las sesiones entre profesores y alumnos por medio de aplicaciones como Meet, Zoom o Google classroom, no reflejan necesariamente que entramos al mundo de la educación virtual o e-learning; y tres, la crisis provocada por el coronavirus, cuyo reflejo son entre otros, los dos puntos anteriores, ha trastocado los cimientos de la sociedad actual. Eso incluye los procesos educativos donde hay una activación acelerada en la educación a distancia, virtual, que utiliza las herramientas tecnológicas para fomentar más y mejores competencias en los jóvenes de hoy y del mañana.

Sin tantas vueltas, ahora estamos metidos en el mundo de la educación a distancia para “salvar” las clases de este ciclo académico e, incluso, del año escolar. Esta es la realidad, y no la podemos negar.

Hace poco más de un mes, el 12 de marzo pasado, apresuradamente y por instrucciones del gobierno central se cerraron todos los centros educativos, privados y públicos, en todos los niveles, desde la educación parvularia, hasta las universidades. Las clases fueron abruptamente detenidas por el avance del coronavirus.

Ocurrieron entonces dos situaciones: por un lado, las instituciones educativas, que de una u otra manera venían experimentando con la educación a distancia haciendo uso de las herramientas propias de la tecnología como apoyo a la educación presencial, se lanzaron al agua y de la noche a la mañana y en pocos días crearon entornos virtuales. Esto es: reorganizaron sus “salones” de clase. Ya no se impartían las clases en una aula de la escuela sino “en línea” y de pronto comenzaron a ponerse de “moda” las distintas herramientas como el Zoom, Meet o el Google classroom, siempre guardando los horarios, se continuaron con los programas de estudio, desarrollando clases ahora de forma remota.

En segundo lugar, las instituciones menos favorecidas con estas técnicas o con esta visión, quedaron por fuera. Se vieron incapaces de subirse a este tren. Todavía más, y esto es lo más grave, se mostró, de nuevo, que amplias capas de  profesores y estudiantes se encontraron una vez más con la realidad de siempre: exclusión y marginación. Sí, hay centros educativos, pero también muchos hogares, que no tienen electricidad. Además, muchos tampoco cuentan con una computadora y, por supuesto, no gozan del acceso a Internet… Muchas personas tienen una computadora, pero es “vieja” y no soportan la cantidad de información que ahora manejan las nuevas aplicaciones e, incluso, los programas que contienen muchas imágenes.

Dos historias paralelas: una, la de varios centros educativos que tienen profesorado con cierta capacitación, programas de e-learning montados, sus estudiantes poseen computadoras y teléfonos inteligentes de última generación, que de la noche a la mañana se suman a clases a distancia. Esto es: clases virtuales con herramientas participativas, maestros que atienen a uno por uno y que trabajan en grupo virtualmente…

Pero también existe otra realidad: hay centros educativos sin posibilidad de “conectarse”, o con limitaciones debidas a los problemas propios de una mala señal, ya sea por el ancho de banda o por el equipo desfasado.

Bien que mal, con esta realidad propia de la llamada “brecha digital” y no obstante lo abrupto del caso, dada la celeridad y gravedad de la pandemia, entramos a un segundo mes: abril, y probablemente seguiremos como hasta ahora en mayo, inmersos en la tarea de llevar adelante los cursos bajo la educación a distancia. Habrá casos duros y difíciles, que habrá que lamentar, dada las circunstancias, pero también hay otros casos positivos, dignos de alabar, que no solamente han dado “ocupación positiva” a los miles de estudiantes encerrados en sus casas, sino que se están forjando los cimientes de una formación nueva: virtual, donde la tecnología ayude a formar las nuevas competencias del joven de hoy y del mañana.

Tal como lo plantea Begoña Gros Salvat, en el artículo “Constructivismo y diseño de entornos virtuales de aprendizaje”, el conocimiento, su naturaleza y la difusión están cambiando aceleradamente: “De un conocimiento centralizado en personas (en los expertos, en los maestros) y lugares específicos (colegios y universidades) se ha pasado a un conocimiento distribuido”.

“El conocimiento se transmitía a partir de lenguaje y de los textos escritos. Actualmente las fuentes del conocimiento son mucho más variadas y el acceso a la información es mucho más rápido y descentralizado”.

“Los conocimientos prácticos se adquirían directamente. Las generaciones mayores enseñaban el uso de los instrumentos a los jóvenes. Sin embargo, en la actualidad son los más jóvenes los que acceden de forma fácil y sencilla al manejo de los medios (las herramientas y aplicaciones que se usan desde la computadora, la tablet o el teléfono) que es la fuente principal de la información”.

Hoy se han popularizado herramientas como EVERNOTE, una aplicación que permite organizar todo el trabajo y mejorar el rendimiento del usuario, así como el acceso desde cualquier plataforma a los diferentes documentos guardados en la nube. Este procedimiento va más allá de hacer y guardar notas. Ya no se diga el uso de la plataforma G SUITE de Google: un conjunto de aplicaciones al que se accede a partir del mismo correo electrónico de gmail y que contiene Google Drive (almacenar y compartir documentos), Google Doc (procesador de texto o sus hojas de cálculo, entre otras, que permite editar documentos en grupos); Hangouts (chat en grupo, reuniones por video conferencia, entre otras). Y la que usamos mucho en la Matías: Meet de Google, una versión de Hangouts, una aplicación que permite hacer videollamadas grupales para un máximo de treinta personas, con buen nivel de calidad y seguridad.

Aunque estas herramientas no garantizan que se esté generando una educación virtual propiamente dicha, no hay duda de que marcan un inicio. El momento presente demanda que, al menos, cambiemos nuestra mentalidad con respecto a tres cuestiones muy importantes. Uno: el proceso educativo debe centrarse en las necesidades del estudiante. Y las de este deben responder a las necesidades de la sociedad. Esto nos obliga a ser flexibles y a romper con el espacio y el tiempo de la escuela, para dar paso al tiempo y el espacio del alumno: el sujeto del proceso.

Dos: el maestro no es más que un “asesor”: un “acompañante” en el proceso de formación-aprendizaje.

Y Tres: el trabajo colaborativo es fundamental para dar cuenta de las nuevas exigencias y desafíos que plantea la sociedad del conocimiento, donde se mezclan los nuevos problemas con los viejos desafíos de la pobreza y de la exclusión.

Sin duda alguna, el coronavirus vino a acelerar este proceso de enseñanza aprendizaje. Esto es lo positivo. Bien sabemos que la educación no es fácil. Jamás ha sido sencilla. Y no basta con dejar la educación presencial como un pasado catastrófico. No. La educación presencial aún tiene mucho que dar. Nada más que ahora tiene que hacerse bajo la mirada inquisidora de lo virtual… No hay de otra.