Conferencia dictada en San Luis Talpa, departamento de La Paz, en el Observatorio de la Sociedad Salvadoreña de Astronomía, el 20 de julio de 2009, en el XL Aniversario de la llegada de la Humanidad al satélite de la Tierra

Por Carmen González Huguet

Cuando los primeros especímenes de Homo sapiens, ya con el embrión de lo que hoy llamamos conciencia, se asomaron a la entrada de las cuevas donde se protegían de los elementos y de los mil terrores nocturnos, contemplaron el cielo estrellado y descubrieron en él un cuerpo circular y brillante: ese cuerpo que hoy llamamos Luna.

Debió de parecerles algo en verdad extraordinario. Sobre todo, porque aquel astro periódicamente cambiaba de forma, a diferencia del otro, más grande y brillante, que siempre era el mismo. Con el paso del tiempo de seguro notaron que, a semejanza de la Luna, el cuerpo de la mujer cambiaba, aproximadamente, cada veintiocho días. De ahí a considerar que la Luna tenía mucho de divina y algo de mujer, no hubo más que un paso.

Porque resulta que, para la Humanidad, al principio las entidades más poderosas eran femeninas. Pero no me voy a adentrar en ese tema porque pertenece al campo de la antropología, y el presente trabajo se refiere al arte y a la literatura. Baste decir que la Luna tuvo naturaleza divina (femenina) para sumerios, acadios, babilonios y caldeos. A la diosa lunar la llamaron Inanna los sumerios y Sin, los acadios. La región mesopotámica tiene la forma de una luna creciente, el creciente fértil, regado por los ríos Tigris y Éufrates, la que constituye una zona productiva en medio del árido territorio circundante. El símbolo de la luna creciente y el color verde fueron heredados como símbolos por los creyentes del Islam.

Los egipcios, en cambio, no tuvieron a una diosa lunar, sino a un dios: Tot, o Thot, al que, en ocasiones, se representa con cabeza de perro, o como un babuino que lleva sobre la cabeza la Luna creciente. Para los egipcios, la Luna y el Sol se relevan entre sí, al salir y ponerse. Juntos son los ojos del dios halcón Horus, el dios del cielo que todo lo ve. Es curioso, sin embargo, que la luna creciente sea uno de los atributos de la diosa Isis, la más poderosa deidad femenina, quien resucitó a su esposo Osiris cuando fue desmembrado por su hermano Seth. Con Osiris, Isis procreó a Horus.

Para los griegos, la diosa de la luna era Artemisa, hermana de Febo, dios del sol. Estos dioses gemelos habían nacido de Zeus y de Leto. La esposa de Zeus, Hera, al saber que su rival esperaba un hijo de su marido, prohibió que Leto alumbrara en ningún lugar donde diera el sol, y además, envió a la serpiente Pitón a perseguirla. Por fin, en la pequeña isla de Delos, y protegida por Poseidón, Leto pudo parir a Artemisa, quien nada más nacer ayudó a su madre a alumbrar a Febo. Desde entonces, además de otros atributos, se consideró a Artemisa protectora de las embarazadas y de las parturientas. A pesar de este atributo, Artemisa, lo mismo que Atenea y Hécate, es una diosa virgen que jamás dependió de ningún hombre, ni siquiera de su brillante hermano.

Artemisa era, además, la diosa de la caza y se la representaba con arco, flechas y acompañada de perros de presa. Su vestido, a diferencia de Atenea que usaba un peplo largo hasta los tobillos, era una túnica corta que por lo general dejaba un hombro al descubierto. Fue venerada en toda Grecia desde una época remota, y su protección a los partos y a las tierras salvajes la identifican como una diosa de la fertilidad.

El principal santuario de Artemisa estaba en la ciudad de Éfeso, en Asia Menor, según se menciona en el libro de los Hechos de los Apóstoles: los herreros efesios sintieron amenazado por el nuevo culto cristiano su negocio de fabricar estatuillas metálicas de la diosa que se llevaban de recuerdo los peregrinos que visitaban el santuario de Artemisa. El templo de la diosa en Éfeso fue una de las siete maravillas del mundo antiguo.

Según la mitología, Artemisa tenía muy mal genio. Baste recordar el mito de Níobe y sus hijos. Esta mujer, que tenía una numerosa prole, se vanaglorió de ello y descalificó a Leto por tener sólo dos vástagos. Según el mito, Febo mató a los hijos varones y Artemisa a las mujeres. De esta masacre sólo sobrevivieron un hijo y una hija. Según el mismo mito, Níobe fue convertida en piedra.

Además, hubo un mortal, Acteón, que se atrevió a espiar a la diosa mientras ella se bañaba. Artemisa lo convirtió en un ciervo, que murió destrozado por los sabuesos de la iracunda deidad. En la guerra de Troya, Artemisa favoreció al bando de los troyanos, lo mismo que su hermano Febo, mientras Atenea y Hera apoyaban a los aqueos. Entre los romanos, Artemisa fue llamada Diana y su hermano Febo recibió el nombre de Apolo.

En la mitología griega, sin embargo, hay otras deidades asociadas con la Luna. Una de ellas es Hécate. Fue venerada también en Asia Menor, donde se la consideraba la Gran Diosa Madre y se le rendía culto especialmente en la ciudad de Lagina, sin asociarla a los aspectos del inframundo que se le atribuyeron en Atenas. En la ciudad de Caria, en Asia Menor, Hécate protegía los umbrales de las casas y los cruces de los caminos. Hesíodo menciona que Hécate era la única hija de Asteria, diosa de las estrellas, hermana de Leto quien a su vez fue madre de Artemisa y Febo. La abuela de estos tres primos era Febe, la anciana titánide que también personificaba la Luna. Hécate era una reaparición de Febe, y por tanto, una diosa lunar, pero manifestaba la parte oscura de la Luna.

En su calidad de diosa del inframundo, Hécate aparece en Macbeth, tragedia que William Shakespeare escribió alrededor de 1606, esto es, el mismo año en que se publicó la primera parte del Quijote, aunque según algunos el personaje de Hécate en dicha obra no fue incluido por Shakespeare sino por Thomas Middleton, quien en una revisión posterior incluyó personajes de una obra suya escrita en 1615 y titulada The Witch.

Otra deidad griega asociada con la Luna es Selene, una diosa cuyo culto era más antiguo que el de Artemisa. Su más famoso amante fue el pastor Endimión, idilio narrado por el poeta inglés John Keats (1795-1821) en un largo poema en el cual Selene pidió a Zeus que le diera la inmortalidad a su amado para nunca separarse de él.

Tanto en la religión judía como en la cristiana, la Luna tiene gran relevancia, ya que las fiestas más importantes se fijan en el calendario de acuerdo con los meses lunares. En efecto, es muy interesante saber que Pésaj (la Pascua judía) está siempre relacionado con el 14 día de Nisán o la Luna Llena, que dentro de la simbología astrológica corresponde al signo de Aries. Los rabinos estudian profundamente todos los movimientos celestes, y guardan muchos conocimientos que vienen de los babilonios, para poder hacer el cálculo de todas las demás fiestas judías que se basan en la fecha de Pésaj.

De la religión judía esta tradición pasó al cristianismo, ya que, si se fijan, siempre las fechas más importantes de la Semana Santa caen en luna llena. En el Antiguo Testamento, la Biblia nos dice, en el capítulo 1 del Génesis: “E hizo Dios las dos grandes lumbreras; la lumbrera mayor para que señorease en el día, y la lumbrera menor para que señorease en la noche; hizo también las estrellas. Y las puso Dios en la expansión de los cielos para alumbrar sobre la tierra”. Y en el Nuevo Testamento, el Apocalipsis nos dice que en los días postreros la luna se volverá como sangre y los astros se apagarán. Pero también habla de una figura femenina “…envuelta en sol, con la luna sus pies y una corona de doce estrellas…”, figura en la que muchos han visto representada a la virgen María, la madre de Jesús.

Por su parte, en la religión islámica, el Corán afirma: “Él es el que ha hecho del SOL un resplandor y de la LUNA una luz.” (Corán, X, 5). Por otra parte, el calendario islámico tiene meses lunares. Dice el Corán: «Y a la luna le hemos fijado casas [Veintiocho casas por las que va pasando cada día del mes lunar: Se corresponden con las constelaciones en las que se proyecta. Luego deja de verse un día o dos hasta aparecer de nuevo en el creciente del nuevo mes lunar.], hasta que se hace como una rama de palmera vieja (40). No procede que el sol alcance a la luna, ni que la noche se adelante al día. Cada una va en una órbita.» (Corán 36:39-40).

En la edad media, para los alquimistas los astros estaban vinculados a los metales. Estos investigadores tenían como objetivo principal conseguir la llamada “piedra filosofal”, que tenía la capacidad de convertir al plomo y al cobre en metales valiosos como el oro y la plata. Igualmente, creían que los astros y los metales guardaban cierta correspondencia. Así, el Sol estaba relacionado con el oro, la plata con la Luna, el hierro con Marte, el mercurio con Mercurio, Venus con el cobre, Saturno con el plomo y Urano con el estaño.

En el Tarot, la Luna es el arcano XVIII y expresa, en el plano espiritual, los abismos del infinito. En el plano intelectual, la Luna representa las trabas que envuelven al espíritu cuando se somete al dominio de los instintos. Y en el plano físico, las decepciones y los enigmas que a escondidas nos acechan. La Luna igualmente aparece en otros arcanos, como en la Sacerdotisa.

La Luna también aparece en la iconografía cristiana a los pies de la Virgen, como símbolo de pureza. Quizá una de las representaciones más conocidas es la Inmaculada Concepción de Murillo, en la cual aparece una representación de la luna a los pies de la imagen. Hay que notar que Murillo pintó a la Inmaculada en varias ocasiones, a veces con la luna llena y otras en creciente. Pero ya antes, en La Crucifixión de Jan van Eyck aparece la primera representación realista de la Luna en el arte occidental.

Posteriormente, la Luna fue representada a los pies de la Virgen en la basílica de Santa María la Mayor, en Roma, por Lodovico Cardi (1559-1613), llamado Cigoli. Esta imagen es curiosa, ya que los cráteres de la Luna se pueden apreciar claramente, lo cual resulta lógico, ya que Cigoli afirmaba que su maestro de perspectiva había sido nada menos que Galileo Galilei. Como sabemos, en noviembre de 1609, Galileo observó la Luna y descubrió que, lejos de lo que creía Aristóteles, para quien la Luna era un objeto perfectamente liso, el satélite de la tierra presentaba una superficie sembrada de cráteres. La representación de Cigoli corresponde a las observaciones de Galileo.

Aunque el dogma de la Inmaculada Concepción de María no sería proclamado sino hasta el 8 de diciembre de 1854 por el Papa Pío IX, la fiesta se inicia en el oriente griego difundiéndose por Italia meridional hacia el año 600, en Irlanda desde el año 800 y en Inglaterra a partir del año mil. Durante los siglos XII y XIV surgieron las controversias o debates teológicos sobre este asunto. Los papas Sixto IV y Alejandro VII, entre otros, prohibieron las enseñanzas contrarias a la doctrina de la Inmaculada Concepción.

Mientras tanto, en el llamado Nuevo Mundo, una señora se apareció un sábado de diciembre de 1531 sobre un cerro del lugar llamado Tepeyac donde ya existía un santuario dedicado a la diosa azteca Tonancin, esto es, Nuestra Madre. La nueva aparición era una mujer morena, de rasgos indígenas, embarazada y de pie sobre una luna negra. No es casualidad que la palabra México provenga de los vocablos “Metz-xic-co”, que en náhuatl significan “en el centro de la Luna”. Sin embargo, la deidad de la luna entre los aztecas era Coyolxauhqui, hija de la diosa de la Tierra, Coatlicue. Coyolxauhqui fue desmembrada por su hermano, el Sol, encarnado en el dios Huitzilopochtli.

En la Francia del siglo XVII existió un personaje llamado Cyrano de Bergerac (1619-1655) que inspiró 200 años más tarde a Edmond Rostand (1868-1918) a escribir una obra teatral por la que dicho personaje se transformó en un mito. Pues resulta que Cyrano, el de verdad, era un personaje realmente extraordinario que escribió un libro titulado Viaje a la luna, en el cual se expresa de la vida en dicho satélite en los siguientes términos:

“En la Luna, dice Cyrano, sólo los animales andan sobre dos patas, por eso confunden al viajero protagonista con un avestruz. Al utilizar las cuatro extremidades, los lunáticos miran al suelo con orgullo, pues así contemplan los bienes de los que son señores; la cabeza erguida de las bestias muestra, en cambio, su actitud suplicante ante el Cielo por depender de los cuadrúpedos. ¿Y su lenguaje? Existen dos idiomas: el que habla el pueblo y el de la grandeza. Éste último es melódico y, en caso de afonía, la entonación puede suplirse con instrumentos musicales. Una aburrida conversación filosófica en la Tierra sonaría en la Luna como un armonioso concierto. El pueblo no da para tanto y se expresa mediante gestos y convulsiones. Unos y otros se alimentan del olor y, para que el cuerpo pueda absorber mejor los nutritivos vapores, es habitual desnudarse antes de comer.

“¡Qué ejemplos de progreso cívico su sistema monetario y la organización de sus guerras! La moneda de cambio son los versos. El poeta-consumidor lleva sus poemas a la Casa de la Moneda, donde un jurado tasa su valor según el mérito literario que aprecie. ¿Cuántas familias y amantes hubieran podido mantener nuestro célebre Lope de Vega con este sistema? En las guerras lunares hay árbitros que comprueban la igualdad previa a la batalla. Los ejércitos deben tener el mismo número de soldados y sólo se permite la lucha entre iguales: lisiados contra lisiados, fuertes contra fuertes, hábiles espadachines frente a reconocidos esgrimidores… Al final, se cuentan los heridos, muertos y prisioneros y, en caso de empate, la victoria de la contienda se resuelve a cara o cruz. Pero aún queda el enfrentamiento intelectual de los sabios, que vale el triple que el militar”.

Cuando una lee frases como estas, no duda de que Cyrano muriera de un golpe en la cabeza. Lo raro fue que lo recibió después de haber escrito estas cosas, y no antes. Y esto, en pleno siglo del racionalismo francés, el siglo de Descartes y Pascal…

En Francia nació también otro autor que dedicó un libro entero a la Luna. Julio Verne, dueño de una de las imaginaciones más portentosas de entre todos los miembros de la Humanidad, publicó por entregas en un periódico, entre el 14 de septiembre y el 14 de octubre de 1865 la novela De la Tierra a la Luna. Como libro, la novela apareció el 25 de octubre de 1865. Tanto fue su éxito que cinco años después Verne publicaría una segunda parte con el título de Alrededor de la Luna.

El 9 de abril de 1865 acababa de concluir la guerra de Secesión estadounidense con la victoria para el ejército del norte. Cinco días más tarde, el presidente Abraham Lincoln fue herido por John Wilkes Booth en el teatro Ford y murió algunas horas más tarde. Al colocar la acción en los Estados Unidos, Julio Verne no hacía más que utilizar hechos de actualidad para construir una sátira sobre el estereotipo estadounidense de hombre emprendedor y aficionado a las armas. En efecto, hay que recordar que la aventura de enviar a un hombre a la Luna no la emprende, en la novela, el gobierno estadounidense, sino el Gun-Club, un grupo de intrépidos sujetos deseosos de alcanzar gloria al enviar al espacio un proyectil por medio de un poderoso cañón Columbiad. Precisamente, los miembros del Gun-Club se encuentran sin nada qué hacer una vez concluida la guerra. Por esta razón deciden enfocar sus energías en este nuevo proyecto.

Pero lo más fascinante de esta novela son sus similitudes portentosas con la realidad. En efecto, el lugar que Verne seleccionó para lanzar el proyectil a la Luna desde el estado de La Florida está muy cerca de Cabo Cañaveral, desde donde la NASA continúa lanzando sus misiones espaciales. El artefacto lanzado al espacio consta de varias partes que se van separando en el proceso. Y cuando los intrépidos hombres retornan, el amarizaje en el océano Pacífico es semejante a los del programa Apolo. Verne usó además verdaderos análisis de ingeniería para llegar al diseño del cañón y del proyectil lunar tripulado. Sorprende también la armonía universal que anticipa la novela, ya que los países ponen a un lado sus diferencias para apoyar el proyecto de conquistar el espacio. De esta novela se han realizado numerosas versiones cinematográficas, comenzando por la película muda de 1902 realizada por Georges Méliès con efectos especiales verdaderamente impresionantes para la época.

Pero aparte de la ciencia ficción, en la poesía la Luna ha tenido una presencia permanente. Quevedo, en su soneto a don Pedro Girón, duque de Osuna, que fue virrey de Nápoles, dice:

Faltar pudo su patria al grande Osuna,

Pero no a su defensa sus hazañas;

Diéronle muerte y cárcel las Españas,

De quien él hizo esclava la Fortuna.

Lloraron sus envidias una a una

Con las propias naciones las extrañas;

Su tumba son de Flandes las campañas,

Y su epitafio la sangrienta luna…

En esta imagen poética, la Luna aparece como símbolo del Imperio Otomano, a quien los europeos contuvieron en la famosa batalla de Lepanto, aquella en la que Cervantes perdió el uso de la mano izquierda. Sobre este soneto, Jorge Luis Borges ha escrito otro soneto en su libro El hacedor. Por otra parte, en la poesía de Federico García Lorca, la Luna tiene una presencia destacada. Muy famoso es el Romance de la luna, luna, del

Romancero gitano

La luna vino a la fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira mira.

El niño la está mirando.

En el aire conmovido

mueve la luna sus brazos

y enseña, lúbrica y pura,

sus senos de duro estaño.

Huye luna, luna, luna.

Si vinieran los gitanos,

harían con tu corazón

collares y anillos blancos.

Niño, déjame que baile.

Cuando vengan los gitanos,

te encontrarán sobre el yunque

con los ojillos cerrados.

Huye luna, luna, luna,

que ya siento sus caballos.

Niño déjame, no pises,

mi blancor almidonado.

El jinete se acercaba

tocando el tambor del llano.

Dentro de la fragua el niño,

tiene los ojos cerrados.

Por el olivar venían,

bronce y sueño, los gitanos.

Las cabezas levantadas

y los ojos entornados.

¡Cómo canta la zumaya,

ay como canta en el árbol!

Por el cielo va la luna

con el niño de la mano.

Dentro de la fragua lloran,

dando gritos, los gitanos.

El aire la vela, vela.

el aire la está velando.

Pero la Luna también aparece de modo destacado en uno de sus dramas. En Bodas de sangre nuestro satélite no sólo simboliza a la muerte, sino que marca el instante en que el novio burlado dará alcance a los amantes fugitivos y se vengará del agravio hecho a su honra. Tan importante es su papel en el drama que la Luna aparece personificada y habla en la obra como un personaje más:

Luna:

Cisne redondo en el río,

ojo de las catedrales,

alba fingida en las hojas

soy; ¡no podrán escaparse!

¿Quién se oculta? ¿Quién solloza

por la maleza del valle?

La luna deja un cuchillo

abandonado en el aire,

que siendo acecho de plomo

quiere ser dolor de sangre.

¡Dejadme entrar! ¡Vengo helada

por paredes y cristales!

¡Abrid tejados y pechos

donde pueda calentarme!

¡Tengo frío! Mis cenizas

de soñolientos metales

buscan la cresta del fuego

por los montes y las calles.

Pero me lleva la nieve

sobre su espalda de jaspe,

y me anega, dura y fría,

el agua de los estanques.

Pues esta noche tendrán

mis mejillas roja sangre,

y los juncos agrupados

en los anchos pies del aire.

¡No haya sombra ni emboscada,

que no puedan escaparse!

¡Que quiero entrar en un pecho

para poder calentarme!

¡Un corazón para mí!

¡Caliente!, que se derrame

por los montes de mi pecho;

dejadme entrar, ¡ay, dejadme! (A las ramas.)

No quiero sombras. Mis rayos

han de entrar en todas partes,

y haya en los troncos oscuros

un rumor de claridades,

para que esta noche tengan

mis mejillas dulce sangre,

y los juncos agrupados

en los anchos pies del aire.

¿Quién se oculta? ¡Afuera digo!

¡No! ¡No podrán escaparse!

Yo haré lucir al caballo

una fiebre de diamante.

En El Salvador, el ejemplo más destacado de la presencia de la Luna, y en general, del espacio, en la poesía es Claudia Lars, quien publicó en 1969, un mes antes de que el Apolo 11 alunizara en el Mar de la Tranquilidad, el libro Nuestro pulsante mundo, con el subtítulo: Apuntes sobre una nueva edad.

El tema de este poemario es la conquista del espacio, que para la autora simbolizaba el arribo de la humanidad a una era de paz y de progreso. Sin embargo, los acontecimientos posteriores, tanto en nuestro país como en el mundo, desmentirían esta esperanza. Claudia Lars publicó en dicho libro varios poemas relacionados con la Luna y los programas espaciales estadounidense y soviético. Especial mención merecen los dedicados a los cosmonautas Laika, Tereshkova y Komarov, y sobre todo los dos poemas que dedica a los astronautas fallecidos el 27 de enero de 1967, durante un ejercicio en tierra, cuando la cápsula del Apolo 1 se incendió. Murieron los pilotos Virgil “Guss” Grissom, Ed White y Roger B. Chaffee. Especialmente conmovedora resulta su Carta a la Luna:

Al fin llegamos a tu esfera solitaria

con nuestro atrevimiento

tan lleno de pecados

y ya descubrimos en tus espejos de arena

lo que no alcanza a recoger

la mejor fábula.

Sé que vas a transformarte por completo

y que los hijos de mis nietos

nunca comprenderán estos versos gitanos:

“La luna vino a la fragua

con su polisón de nardos.

El niño la mira mira.

El niño la está mirando”…

¿Qué te mandaría —si pudiera—

con mis palabras?

Creo que abejas

y granos de trigo.

La luna, no hay ninguna duda de esto, seguirá presidiendo nuestras noches y nuestros sueños. Los artistas y los poetas continuarán encontrando en ella inspiración. Los enamorados volverán a hacerla testigo de sus amores. Tal vez despoblada de misterio gracias a la tecnología, la Luna conservará, sin embargo, todo su encanto poético. Porque las diosas son creaciones inmortales del espíritu humano. Por eso la Luna, con o sin su polisón de nardos, no puede perecer. Seguirá brillando, menguando y creciendo, todas las noches, y algunos días también, en el cielo de todos.

Bibliografía:

Calvo, Yadira. De diosas a dragones. San José de Costa Rica, EUNED, 1995.

García Lorca, Federico. Obras completas. Madrid, Aguilar, 1969.

Lars, Claudia. Poesía completa. San Salvador, Dirección de Publicaciones e Impresos, 1999.

López Melero, Raquel, y Constantino Falcón Martínez, Emilio Fernández Galiano. Diccionario de mitología clásica. Madrid, Alianza, 1988.

Rodríguez, Pepe. Dios nació mujer. Barcelona, Ediciones B, 1999. Shinoda Bolen, Jean. Las diosas de cada mujer. Barcelona, Kairos, 2002