
Amílcar Durán|docente ECC, comunicador y periodista|Imagen -Gemini AI.
¿Ya viste la historia que subió tu amigo a las 3 a.m.? ¿No? Qué pena, quizá ya estés “Out”. Tranquilo, no es grave; ja´ solo estás a un par de pasos de convertirte en un fantasma digital. Porque claro, en la era del Wifi eterno, perderte algo en las redes es casi un pecado mortal. eso significa que le has abierto la puerta al miedo a no estar en la fiesta donde todos fingen que se divierten.
Es una escena casi universal hoy en día; la luz de una pantalla que ilumina un rostro en la penumbra. El dedo que se desliza mecánicamente, pasando por un carrusel infinito de vidas ajenas, cada una más vibrante, exitosa y feliz que la anterior, y luego una punzada sutil pero inconfundible: una mezcla de ansiedad, envidia y la sensación de que nuestra propia vida no es interesante en comparación a lo que ves.
Vivimos pendientes de una pantalla que nos dicta qué es relevante y que no, qué debemos sentir y que debemos ignorar, y, sobre todo, qué no podemos perdernos. Si no subes foto, no existes; si no reaccionas, no importas; si no opinas, ¿acaso piensas? Las redes sociales se han convertido en una especie de juzgado público donde todos compiten por demostrar que su vida tiene un guión más interesante que la de los demás. Spoiler: nadie gana.
Y ahí estás, deslizando el dedo a las dos de la mañana, con los ojos rojos y el alma en el buffering, viendo cómo otros viven, viajan, aman, ríen y tú solo “scrolleas”. ¿De verdad te interesa lo que cenó tu ex, dónde anduvo y con quien o solo temes no estar al tanto? Porque claro, si no comentas o no das like bajo una foto, quizá el algoritmo te castigue y te mande al purgatorio del olvido digital.
El FOMO no es solo un fenómeno psicológico; es un negocio redondo. Las plataformas lo saben y lo alimentan con precisión quirúrgica: notificaciones, tendencias, alertas, “lo más visto”, “lo que te estás perdiendo”. Todo diseñado para que no sueltes el teléfono, ni siquiera cuando podrías —irónicamente— estar viviendo algo digno de publicar. Pero, ¿para qué vivir si puedes postear?
El FOMO no surgió de la nada; se ancla en una de las necesidades psicológicas más fundamentales del ser humano: el sentimiento de conexión con los demás, un pilar de la Teoría de la Autodeterminación. Sin embargo, las redes sociales se convirtieron en el catalizador perfecto para transformar esta necesidad en una fuente de ansiedad constante. El proceso no fue accidental, sino el resultado de una reacción en cadena que empezó con las plataformas digitales que fomentaron la creación de un escaparate idealizado, un espacio para la «auto presentación selectiva» y el «social media flexing» donde los usuarios no comparten sus vidas, sino versiones cuidadosamente editadas y exageradas de ellas.
Aunque el FOMO puede afectar a cualquiera, son los Adolescentes y adultos jóvenes: Conocidos como «nativos digitales», que han crecido con la tecnología como una extensión natural de sus vidas, los más afectados. Ya que se encuentran en una etapa crucial del desarrollo de su identidad, y autoestima. Esto los hace especialmente susceptibles a la comparación social, la búsqueda de validación externa y la presión de grupo que imperan en las redes.
Mientras tanto, la realidad pasa frente a nosotros como una historia que dura 24 horas. Los vínculos se reducen a emojis, la empatía se mide en reacciones y la felicidad, en la cantidad de vistas. Nos jactamos de estar conectados con el mundo, pero a veces ni nos conectamos con nosotros mismos.
Si me preguntan por el antídoto para la enfermedad, para mi sería; el establecer límites, cultivar la autenticidad y no el perfil, reevaluar nuestras prioridades y practicar el consumo crítico de medios.
¿Y si te atrevieras a perderte el más reciente video que subió tu tiktoker o influencer favorito? ¿Si nos diéramos cuenta que el mundo sigue girando, aunque no “subamos” la fotografía de la comida que hoy almorzaras? ¿Si por un día ignoramos el zumbido del celular y escuchamos, no sé, el sonido del silencio? Seguramente nada cambiaría a tu alrededor, pero si en tu interior.
Quizá el verdadero acto de rebeldía digital hoy no sea publicar más, sino desaparecer un rato. Apagar la pantalla, cerrar la sesión y mirar el cielo —ese que nadie puede etiquetar. Porque sí, el FOMO es fuerte, pero más lo es la libertad de no tener que demostrarle nada a un algoritmo. Quizás «perderse» el ruido incesante de la vida de los demás es, en realidad, la única forma de «encontrar» y «ganar» vida real. La alegría de estar absorto en una conversación cara a cara, de leer un libro sin interrupciones o, simplemente, de no hacer nada y estar en paz con ello.
Porque al final, dime algo: ¿realmente estás viviendo tu vida o solo administrando el perfil de alguien que finge tenerla?



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