• “El mar es grande y el océano del tiempo no tiene límites.  Escupa en el mar, hombre, y verá que ni se mueve; cuéntele su destino y no se conmoverá”.
  • “Sí fueran solamente las salamandras contra la humanidad, quizá no sería tan difícil hacer algo. Pero hombres contra hombres, eso no hay quien lo detenga […]”, auto reflexión de Capek sobre las diferentes posibilidades de dar fin a La guerra de las salamandras
El detalle es tomado de la obra “El jardín de las delicias” de El Bosco.

Por Ricardo Chacón

He de confesar que no conocía la obra del checo Karel Capek. Este escritor nació en la localidad de Malé Svatonovice, en la antigua región de Bohemia, el 9 de enero de 1890. En aquella época, tanto esa población en concreto como el territorio de Bohemia eran parte del Imperio Austro-húngaro. Sí he leído a Aldous Huxley y su libro Un mundo feliz (1932) y, por supuesto, a George Orwell, y su obra, 1984 (escrita entre 1947 y 1948). También en mis épocas de estudiante universitario me adentré con avidez a la lectura de La Metamorfosis, El Proceso y El Castillo de Frank Kafka, checoslovaco, fallecido en 1924.

¿Por qué estos autores y estos años? Sin duda alguna, tenía una ausencia significativa en mi formación al no leer ni estudiar a Karel Capek, quien murió en Praga, el 25 de diciembre de 1938. En aquella época dicha ciudad era la capital de Checoslovaquia, república formada por las antiguas regiones de Bohemia y Moravia, por un lado, y Eslovaquia, por otro. Checoslovaquia fue un Estado creado en 1918, a raíz del fin de la Primera Guerra Mundial, y se escindió de común acuerdo y en forma pacífica el 1 de enero de 1993, dando lugar a la formación de dos países: la República Checa (o Chequia), con capital en Praga, y Eslovaquia, con capital en Bratislava. Al igual que Capek, en Praga murió su compatriota Franz Kafka. Sin embargo, entre Kafka y Capek hay notables diferencias: el primero es muchísimo más famoso que el segundo, pero además, Capek se distinguió por ser uno de los escritores en lengua checa más importantes del siglo XX, mientras que Kafka, quien era de origen judío, escribió siempre en alemán.

Con todo, Capek es dueño de una pluma que merecía haber sido más difundida en el mundo de la literatura mundial, sobre todo después de escribir La guerra de las Salamandras, novela publicada en 1936, en la que Capek,  al igual que Huxley y Orwell en sus respectivas obras antes mencionadas, hacen una alegoría a fondo sobre el mundo “que viene”, o “que venía”,  justo en el período entre la Primera y la Segunda Guerras Mundiales. En aquella época el capitalismo mercantil se hallaba en su máxima expansión, a pesar de las ideas socialistas y comunistas que pululaban en un mundo donde ocurrían cambios acelerados, especialmente en los ámbitos de la ciencia y de la tecnología. Con dichos cambios, la Humanidad dejaría atrás el fundamentalismo propio de un humanismo que no terminó de dar respuesta a los grandes problemas, pero que sin duda alguna es el pilar de la sociedad de ayer, de hoy y del mañana.

A Capek se le suele mencionar por su obra de teatro R.U.R., donde erróneamente se le atribuye haber puesto en el lenguaje de la literatura las novelas de robots, que significa trabajo en checo y que realmente fue una palabra utilizada por su hermano. Es más, a Capek hay que situarlo más allá de la novela de ficción circunscrita a los modelos nacientes del nazismo y el fascismo de los años treinta del siglo XX.

Si bien es cierto, los escritos de Capek muestran una crítica férrea y dura contra el nazismo y su ascenso al poder, cuestión que se venía gestando tras el final de la Primera guerra mundial, también pone las barbas en remojo de la comunidad internacional, especialmente la europea, incapaz mental y prácticamente para entender , mucho menos enfrentar con eficacia, el desarrollo del nacional socialismo, el nazismo como fenómeno envolvente del capitalismo, del totalitarismo comunista y del racismo.

Contexto de la Primera Guerra Mundial por Academia Play

Contexto de la Segunda Guerra Mundial por Academia Play

Además, y esto es quizá de fondo en Capek, que lo asemeja con los mundos de Huxley u Orwell es que busca entender hacia dónde se encamina la sociedad humana en su conjunto a través de las realizaciones particulares de los hombres que crean o destruyen las bases de la sociedad. E capitalismo voraz y las ideas comunistas totalitarias conforman el horizonte de estos autores tan actuales como novedosos en un mundo ahora caracterizado por la tecnología que ciega al mismo hombre que la creó.

Autores críticos de la obra de Capek hablan de la creación de novelas distópicas. Sí: de aquellas obras literarias irónicas, cáusticas, satíricas que muestran las estructuras sociales y políticas en su dimensión destructiva y negativa, mientras que la utopía refleja un mundo ideal, funcional e idóneo, un mundo idealizado en el que los seres humanos serían capaces de crear sociedades perfectas.

Las obras La enfermedad blanca (1937) o en La madre (1938), pero sobre todo en La guerra de las Salamandras, Capek muestra con maestría, “el mundo venidero”, narrado en una historia sobre la vida de las salamandras, utilizando un lenguaje directo, sencillo, sin ambages de ningún tipo para crear una obra en la que combina los diferentes géneros literarios. Así, mezcla varias historias en torno a las salamandras, maneja el pasado y el presente sin cortapisas e, incluso, se da el lujo de finalizar su obra con una autorreflexión de cómo darle fin a su historia.

De manera particular, y por eso escribo este texto, Capek utiliza en su ficción las fuentes periodísticas como recurso literario para reconstruir su historia alrededor del mundo de las salamandras. Recoge historias de aquí y de allá publicadas en los diferentes periódicos para narrar las peripecias de la sociedad impactada por las salamandras: una especie nueva, que habita en las riberas del mar, de aspecto raro, del tamaño de un niño de diez años, que tiene cola, pero que camina con sus patas traseras de manera erguida.

Además, y esto es lo interesante, es muy crítico hacia una prensa que no solamente difunde noticias que avivan el sensacionalismo, sino que esconden realmente lo que sucede detrás de esas historias. Incluso, forman parte del “aparato de difusión” que justifica la barbarie y la ignominia de los hombres insensibles, no solo ante el dolor ajeno, sino que se atreven a mancillar la dignidad de la humanidad. Aceptar los experimentos humanos, acabar masivamente con la población, atizar el racismo y menospreciar al débil, aunque sepa que es bueno y noble, son partes infames de la labor que la prensa y sus noticias realizan en la sociedad moderna.

Es más, y de manera paradójico, Capek, echa de menos que la recolección de información sobe el mundo de las salamandras se vio afectada y sesgada porque faltaban noticias: Sí, noticias comunes y corrientes que den cuenta de los hechos… Hechos que luego tienen que ser hilvanados con otros hechos para hacer historias que den cuenta de lo que sucede en un momento determinado. Podemos tener interpretaciones. Por ejemplo, artículos amplios, incluso seudo científicos, pero si estos no tienen el sostén del hecho fáctico, si no están montados en las historias de la vida cotidiana, tenemos problemas de interpretación.

Sin duda alguna, uno de los aportes de Capek al análisis es incorporar los diferentes aparatos de difusión cultural, que no solamente se agotan en la prensa o en el cine, sino que tienen que ver con la misma educación, con la práctica de la ciencia y su expansión, así como con la religión y las diferentes prácticas sociales que hacían que, en este caso, las salamandras fuesen, además de conocidas, aceptadas, pero como mano de obra barata, fundamental para expandir el capitalismo mercantil, el totalitarismo en otras latitudes y, por lo general, el racismo.

El inicio de la historia, cuando se cuenta

La primera parte del libro comienza cuando un capitán de barco, de origen holandés, Van Toch, buscador de perlas, da con la vida de unos seres. Al principio cree diablos a los nativos, pero en realidad se trata simplemente de otros seres. En esta parte del libro, muy descriptiva, coloquial y con una narración fabulesca, nos describe a estos personajes: “Eran miles y miles. Son del tamaño de un niño de diez años, señor, casi negros, En el agua nadan, pero en el fondo andan sobre las patas traseras. En dos, como usted y yo, señor, pero, al mismo tiempo, van contoneándose, tin tan, tin tan, siempre tin tan […]Sí señor, también tienen manos como las de las personas, No, no son garras, más bien son parecidas a las manos de los niños. No, sahib, ni tienen cuernos ni son peludos. Sí, la cola un poco parecida a la de los peces, pero sin aletas, Y una cabezota, como las de los batacos” (Pág. 15).

La clave de esta primera parte del libro, que tiene diez apartados, es el descubrimiento de estos seres anfibios que, al parecer, tienen una gran habilidad para aprender a hacer todo tipo de trabajo. Se alimentan con poco, no tienen aspiraciones de ningún tipo y su única preocupación es defenderse de los tiburones. Por lo demás, aprenden en un inicio a extraer perlas. Luego de agotado el mercado de este producto, se convierten en obreros y se extienden por millones por todo el mundo.

Pero el descubrimiento y expansión de estos obreros pacíficos, sin ambiciones ni esperanzas más que sobrevivir, solamente será real cuando se dan a conocer al mundo. Esto ocurre a través de la prensa. En uno de los capítulos se narra con bastante amplitud la labor de un periódico, sobre todo en época de verano, que no halla como “llenar” las páginas de la publicación. Para cumplir con este cometido, casi se dice que deben inventar las historias… Es en este contexto que se da a conocer al capitán holandés Van Toch, quien revela el secreto que ya el mundo capitalista conocía.

Bueno, más bien la entrevista de los periodistas con el capitán permite a este conocer y saber de G. H. Bondy, un rico industrial que es el que financia la gran obra de convertir a los anfibios en la mano de obra barata en todo el mundo.

Hay un detalle que a lo largo del libro será importante: Povondra, el portero de las oficinas del señor Bondy, permite que el capital Van Toch se entreviste con el rico industrial. De esta manera da inicio al negocio. Povondra siempre recordará como si el destino paso por sus manos… Y así fue.

Muy en esta lógica de la prensa y los periodistas aparecen un par de apartados en los cuales Capek incursiona en las ideas del cine, del cine comercial, del de Hollywood. De este modo da a conocer no solo quiénes son las salamandras, estos anfibios trabajadores, sino cómo les puede sacar lucro a través del espectáculo. Y es que en los años treinta, el mundo del espectáculo, y en él concretamente el cine, comenzaba no solo a experimentar con el sonido sino con unas formas narrativas mucho más comerciales que hacían que la función de las historias que presentaban fuese primordialmente divertir, inclusive con géneros como el terror o el de aventuras.

En 1932 en Praga se montaron estudios de cine, como los de Barrondov, muy en la lógica del cine mundial. No es de extrañar que los escritores, y en este caso Capek, introdujera en su narración las técnicas del cine para expandir y poner en el ideario popular el mundo de las salamandras.

Luego de un encuentro con los anfibios, un grupo de personas vinculadas con el cine discute animadamente (páginas 60 y siguientes) y afirman: “…Aquellos animales debían de ser alguna especie de lagartos, mientras que otros opinaba que eran mamíferos… En el mar no hay lagartos… Pero otro más, jóvenes universitarios no cedían y aseguraban que se trataban de lagartos…”

En estas idas y venidas, en un bote cercano a un lugar donde había una veta de salamandras, el equipo de cineastas decide filmar y lo hace, no sin antes embarcarse en varias peripecias al enfrentarse con los pacíficos anfibios, que lo único que tenían era miedo. Inmediatamente luego de filmar, la idea reinante es “será una magnífica fotografía para los periódicos y se podría titular: “La alta sociedad americana busca perlas… o lagartos marinos arrojan perlas a la gente…”. Y todo esto finalizó con la producción de un film con cientos de extras que hacían de lagartos… Neptuno y los protagonistas; todo acabó en una película” (p. 70 y siguientes).

De los hechos a la justificación

Si en la primera parte del libro La guerra de las salamandras se descubre a los anfibios, se les enseña a trabajar duro en el desarrollo de las riberas de los mares para fortalecer el capitalismo mercantil, en la segunda parte Capek hace una reflexión sistemática más parecida a un ensayo sociológico e histórico donde plantea el desarrollo de las salamandras en el contexto social.

De esta manera, pone las íes sobre los problemas fundamentales como la libertad de los seres en contra de la esclavitud, el irrespeto a la dignidad y la búsqueda del ser persona, así como la vulnerabilidad de los seres ante la imposición del poder político, militar o económico. Se refiere así al ser íntimo de los seres tiene que ver con la moral, la religión y los deseos de crecer como individuo. En definitiva, se trata de un apartado donde se ponen en juego los derechos del hombre, el respeto a la vida y a su libertad, la ignominia propia de los regímenes totalitarios que se atreven a “experimentar” con el cuerpo de los seres y llegan hasta el nivel del exterminio masivo.

Acá en este apartado pareciera que estamos a las puertas del nacional socialismo de Hitler, del totalitarismo de Stalin o del desangramiento humano de la economía mercantil donde importan las mercancías, el valor de estas y no la persona. No en balde en aquella época en el mundo los individuos estaban atormentados y ligados a largas horas de trabajo duro por un miserable salario de sobrevivencia. No debemos olvidar que, en 1936, cuando esta novela apareció, ya el mundo llevaba más de un quinquenio sufriendo las consecuencias de la llamada “Gran Depresión”.

En Alemania el nazismo había tomado el poder en 1933 con la llegada de Hitler al poder quien, dos años después de la publicación de la obra de Capek, concretaría el Anschluss, esto es, la anexión, por parte de la Alemania nazi, de los territorios austríacos. La manera encontrada por Capek para abordar la situación de las masas trabajadoras en una Europa desgarrada por la crisis, que además arrastraba los lastres del colonialismo y del racismo es, cuando menos, muy novedosa y de una intensa ironía.

Dos cosas en este segundo apartado de Capek merecen subrayarse: por un lado, los grandes problemas que ya antes se habían planteado los filósofos, las religiones o la historia son puestos de nuevo en cuestión: la dignidad de las salamandras. ¿Realmente tienen alma y podrán salvarse o ser creyentes? Científicamente hablando, las salamandras son seres semejantes a los humanos y, por lo tanto, son sujetos de conciencia. Pueden ser, y son, artífices y sujetos de la historia. Deben tener, por lo tanto, la misma dignidad propia de la humanidad.

Por otro lado, el método que utiliza el autor para hacer la reflexión sistemática sobre el tema es a través de los recortes de periódicos que por años recoge el señor Povondra (sí, el portero del señor Body que permitió al capitán Van Toch poder iniciar la expansión y el negocio de las salamandras). Pues bien: el señor Povondra, aunque atormentado por los remordimientos, no representa ni es el instrumento del destino fatídico o maniqueo de las salamandras. Simplemente es un hombre que recoge, a diario y de diferentes maneras, las noticias que consignan los periódicos sobre el tema universal de los anfibios. Este es el punto de partida o la excusa para reflexionar sobre la religión, la ética, la ciencia, los derechos humanos y civiles, los problemas de totalitarismo y del racismo que estaban en discusión durante la Primera y la Segunda Guerra Mundiales, así como en la etapa entre guerras.

Basta examinar esta cita de la página 131 para palpar de primera mano de lo que hablamos. El texto ha sido tomado a su vez de los informes recogidos por un periódico de la época: “Como observadores imparciales, hemos de decir que si el antiguo negocio de esclavos hubiera estado tan bien organizado y hubiese sido tan higiénico como el actual de las salamandras, no podríamos menos que felicitar a los esclavos. Sobre todo con las salamandras más caras se guarda una serie de atenciones y delicadezas, principalmente porque el capitán y la tripulación del barco responden con sus sueldos por la vida de las salamandras que les han sido confiadas. El que escribe este artículo fue testigo de cómo hasta lo más duros marineros del buque-cisterna S. S. 14 estaban profundamente impresionados cuando doscientas cuarenta formidables salamandras enfermaron de diarrea. Iban a mirarlas con lágrimas en los ojos y daban salida a sus sentimientos humanitarios con ásperas palabras tales como: «¡Qué falta nos hacían estos bichos del diablo!».

Si los problemas de explotación y el sentimiento de ternura que estos causaban entre los humanos por el dolor que se les infringía eran una realidad, también lo era el tratarlos “socialmente”, olvidándose de que se trataba de seres abandonados a la miseria y el ostracismo. La pregunta de cómo dirigirse a ellos era una interrogante, lo mismo que el sentimiento de que no se les tratara con crueldad e inhumanidad. Sin embargo, eran, de todos modos, sometidos a las peores prácticas de esclavitud.

 En este contexto se recoge una iniciativa, en la página 152, realmente risible: “Los partidos de izquierda, por otra parte, presentaron una proposición al Parlamento a fin de que se elaborase una legislación social para las salamandras que ajustase sus obligaciones de trabajo e impusiera a los patronos ciertos compromisos hacia ellas (por ejemplo, vacaciones de catorce días durante la época de apareamiento en la primavera). La extrema izquierda exigía que fueran totalmente prohibidas las salamandras como enemigos de la clase obrera al servicio del capitalismo por trabajar demasiado aprisa y casi gratuitamente, amenazando así el nivel de vida de los trabajadores. Para apoyar estas demandas se declaró una huelga en Brest y se hicieron grandes manifestaciones en París”.

Podemos seguir con los ejemplos y el análisis hecho por Capek sobre el sistema injusto, intolerante, bárbaro que se les imponía a las salamandras, pero nadie, absolutamente nadie se planteaba y ponía en evidencia que el sistema en su conjunto, la apropiación de la vida de los anfibios había sido tomada en su totalidad… y que la única respuesta plausible a los hechos era permitir que estos seres hicieran su propia historia…

Por eso, en la tercera parte del libro, Capek hace un sesudo análisis, una auto reflexión sobre la posibilidad de que las salamandras tomen conciencia de su situación y decidan, a espaldas de la humanidad, forjar su destino. Particularmente el autor se plantea cómo finalizar el texto. En las páginas 232 y 233 lo dice claramente y sin tapujos, cerrando así este interesante libro:

“Si fueran, solamente las salamandras contra la Humanidad, quizás no sería tan difícil hacer algo. Pero hombres contra hombres, eso no hay quien lo detenga…

—¡Espera! ¡Hombres contra hombres…! Se me ha ocurrido algo. Quizás podrían luchar salamandras contra salamandras.

—¿Salamandras contra salamandras? ¿Qué quieres decir?

—Por ejemplo… Si ahora hay demasiadas salamandras podrían luchar entre sí por algún pedazo de litoral, por un golfo o lo que sea. Después seguirían luchando por poseer cada vez más y más costas y, finalmente, se pelearían por las costas de todo el mundo, ¿no? Salamandras contra salamandras. ¿Qué te parece? ¿No crees que esto sería lo más lógico?

—… No, eso no puede ser. Las salamandras no pueden luchar entre sí. Eso sería contra la Naturaleza. Las salamandras son, después de todo, de una misma especie.

—Los hombres también son todos de una misma especie, hombre, y, ¿lo ves?, no les importa mucho. Una misma especie, ¡y hay que ver por cuántas cosas luchan! Ni siquiera por el espacio vital, sino por el poder, por el prestigio, por la influencia, por la gloria, por los mercados y ¡qué sé yo por cuántas cosas más! ¿Por qué no iban a luchar las salamandras entre sí, también, por el prestigio?”

Dos años después de la publicación de La guerra de las salamandras, el 25 de diciembre de 1938, falleció este notable escritor checo. En septiembre del año siguiente los ejércitos de Hitler invadieron Polonia e iniciaron la colosal masacre que hoy conocemos como Segunda Guerra Mundial. Después de 1945, la Cortina de Hierro descendió sobre Europa Oriental, amarrando a Checoslovaquia, y a otros países, a la órbita soviética. Todo esto contribuyó a que Capek permaneciera relativamente desconocido para el resto del mundo. Aun así, sus fieles lectores siguen dejando sobre su tumba pequeños robots de juguete en el aniversario de la muerte de este autor que, ciertamente, merece mucha más fama de la que ha conseguido.