A principios de abril viajé allí durante 12 días para documentar el estilo de vida laboral de los Bush pilots, y su estrecha relación con sus aviones. Volar con estos pilotos es lo más cerca que he estado de experimentar la libertad absoluta, y con estos aviones zumbando día y noche sobre mi cabeza, era fácil sentirme encantado por ellos.

Fotorreportaje de Federico Alegría

El paisaje en Alaska cambia a diario, y ser un piloto de estos significa básicamente que ser lo suficientemente hábil para aterrizar y despegar desde cualquier lugar menos una pista decente. Esto requiere habilidades y nervios fríos para poder aterrizar en un arenales, lagos congelados, hasta los fondos de ríos y playas, hasta las cimas de las montañas y los bancos de arena.

La mayoría de estos pilotos le han dado la espalda a las grandes aerolíneas para poder volar como más les place, sin mayor regulación. Su modelo de negocio es simple, ser un medio de transporte confiable para las necesidades de los habitantes y los turistas de la región. Esto incluye desde llevar suministros hasta cadáveres a través de las montañas para celebrar un funeral en una zona específica de la región.

Posiblemente ganarían más dinero volando para aerolíneas comerciales, pero para estos pilotos salvajes eso no es tan prioritario como la libertad de volar sin restricciones. La región sólo tiene el 1% de su tierra privatizado, dándoles un 99% de tierra para explorar. Algunos de ellos deciden de un día para otro irse por días o semanas a tierras inhóspitas, y saben que al regresar, siempre habrá alguien o algo que los necesite.

Alaska es más grande que Texas, California y Montana combinados, y los Bush Pilots son los que lo la mantienen en constante movimiento, gracias a su apasionada pericia y dedicación para volar guiándose con sus instintos, y no con números o libros.